Por: Carlos Nicolás Hernández Camacho
Filósofo, Universidad Nacional de Colombia. Escritor, editor
Leer Revista Encuentros #49 completa

El artículo forma parte del libro El río Grande de la Magdalena. Viajeros y navegantes, en proceso de elaboración por parte del autor. Ha sido concebido como un homenaje a Juan Bernardo Elbers, empresario y pionero de la navegación en barcos a vapor por el río Magdalena, y a Herbert Boy, piloto de los primeros hidroaviones de la Sociedad Colombo-Alemana de Transportes Aéreos (SCADTA).

El río Grande, antes que un camino de agua, ha sido un vaso comunicante de las más diversas culturas. Para los nativos habitantes de las riberas del río Grande de la Magdalena, su vida fluía en armonía con el agua.

Ellos construían sus canoas con cañas bravas y bejucos. Había otras más elaboradas, de un solo cuerpo en tronco de balso y de otros árboles como ceibas y cedros. Las descripciones que hacen los cronistas de Indias, misioneros, encomenderos y viajeros, nos proporcionan información detallada.

Los champanes son embarcaciones similares al sampán, de origen chino y tailandés. Son embarcaciones más complejas, tanto en diseño como en su estructura. A diferencia de las canoas, disponen de timón de madera y su estructura es un ensamble escalafateado, valga decir, sellado con brea.

Pero retornemos al mapa de los descubrimientos del río Magdalena.

Sería el descubridor y conquistador Rodrigo de Bastidas quien habría de descubrir Bocas de Ceniza, en donde el caudal del río Grande de la Magdalena irrumpe y se pierde en las aguas del mar Caribe. Es el acucioso navegante Rodrigo de Bastidas quien, después de 24 años de su primer viaje (1501), mal llamado de los viajes menores, funda la ciudad de Santa Marta el 27 de julio de 1525. En pocos días celebraremos sus 500 años, el privilegio de ser la primera ciudad viviente fundada en tierra firme continental por los españoles.

La gobernación de Santa Marta cubría toda la costa de los caribes, desde el Cabo de la Vela hasta Bocas de Ceniza, extensa geografía poblada de tayronas, koguis, arhuacos, bondas y otras etnias nativas.

Diez años después, es nombrado gobernador de Santa Marta, por la Real Audiencia de Santo Domingo, Pedro Fernández de Lugo, hijo de colonos prominentes de las islas Canarias, con la misión de montar la empresa de los descubrimientos tierra adentro. Cuando si apenas habían llegado, Lugo designa a su teniente general, el licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, encargado de tan colosal empresa. Para ello, organiza la expedición con 220 soldados de a pie, con los respectivos capitanes de a caballo, y el fraile Domingo de las Casas, quien oficiaría la misa de fundación de la Villa de Santa Fe el 6 de agosto de 1538, en el Nuevo Reino de Granada.

El don de mando del conquistador había de probarlo desde la empuñadura de su espada; el capitán de capitanes en la expedición de los descubrimientos, tierra 44 adentro, en tierra firme, el teniente general Gonzalo Jiménez de Quesada.

La armada estaba compuesta por tres bergantines (naves ligeras de velas latinas), y dos canoas elaboradas por los chimilas.

La expedición parte de Bocas de Ceniza, río arriba, hasta encontrar el sitio de la Tora, en las Barrancas Bermejas. Fue un viaje espantoso, con mucho sacrificio, por las adversidades del terreno, las ciénagas y pantanos putrefactos, los zancudos zumbadores y mosquitos, las fiebres palúdicas y las diarreas, los peligros de los días y las noches oscuras de la selva.

La resistencia de los nativos guerreros, ante la presencia de los intrusos conquistadores, se convirtió en una nube de flechas envenenadas que repelían los soldados con sus escudos y los consabidos disparos de fuego de los arcabuces y balardas.

Por la Tora desviaron selva adentro hacia la Serranía del Opón, para tomar la ruta por el Carare con destino a la casa de la sal, Nemocón poblado de las nemsas, guerreros del sol de la familia de los muiscas. Tras un año de incertidumbres, logran subir a la sabana del cacique Bacatá y fundan el Nuevo Reino de Granada y la villa de Santa Fe, muy cerca del precioso valle de los Alcázares.

Ese es el principio de los descubrimientos tierra adentro, siempre desde el río Guacahayo o ‘río de las tumbas’, que nace en el páramo de las Papas, en la laguna de la Magdalena y el páramo del Letrero.

Yuma también se lo nombra y a él le cantaron los paeces, cuya tradición oral antologó en una ocasión el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal:

No te vayas al mar cruel,

ven a mi corazón, que el amor es eterno,

ven, yo soy la bella princesa Furatena.

También se escucha el canto del boga del bajo Magdalena, en el poema “Una canción en el Magdalena” de Nicolás Guillén:

Sobre el duro Magdalena,

largo proyecto de mar,

islas de pluma y arena graznan a la luz solar.

Y el boga, boga.

Y viene el lamento cantar del negro, en la “Canción del boga ausente”, de Candelario Obeso:

Qué trite que etá la noche,

La noche qué trite etá;

No hay en er cielo una etrella

Remá, remá.

Luego de refundar a Santa Fe, en un encuentro furtivo de intereses de las gobernaciones de Santa Marta, Venezuela y Perú, los conquistadores Gonzalo Jiménez de Quesada, Nicolás de Federmán y Sebastián de Belalcázar se dirigen hacia el río Grande de la Magdalena rumbo a Cartagena, para embarcarse, con destino a Castilla, a dirimir entuertos y resembrar codicia en la corte alrededor de las perlas de 46 la isla venezolana Margarita, las esmeraldas de Muzo y Somondoco y los palpables tesoros en tejos de oro del Dorado.

El adentramiento del conquistador en la geografía de los muiscas y la afirmación substantiva de lo que habría de llamarse el Nuevo Reino de Granada, nos coloca ante dos realidades: la cultura del río Grande y la cultura andina.

Santa Fe habría de convertirse en el punto nodal de la conquista y el río Grande el paso obligatorio de los viajeros hacia y desde el Atlántico. Bocas de Ceniza y el canal del Dique nos abrieron la ruta del Atlántico, para memoria desde la colonia hasta nuestros días.

Por el río Grande llegaron las primeras vacas, ovejas, cerdos y gallinas al Nuevo Reino de Granada, y llegaron el trigo, la cebada, las lentejas y los garbanzos. Esa no fue obra descubridora del licenciado y teniente general Gonzalo Jiménez de Quesada. La vida real traída del Viejo Mundo es obra del gobernador interino de Santa Marta, Gerónimo Lebrón, quien, tras la muerte de Pedro Fernández de Lugo en 1539, asume el cargo y organiza su gran expedición hacia el Nuevo Reino de Granada.

La expedición tierra adentro del teniente Quesada fue cosa de hombres, de conquista y evangelio. Es Gerónimo Lebrón quien trae en sus bergantines y caballos las primeras mujeres españolas que habrán de construir familia en Santa Fe, Vélez y Tunja.

Su capitán de campo, Gerónimo de Aguayo, trajo y sembró el trigo en la sabana del cacique Bacatá y poblado de ovejas el valle de los Alcázares y la provincia de Tunja. Y fue Alonso Luis de Lugo, hijo de Pedro Fernández de Lugo, quien trajo del puerto venezolano de Coro las primeras vacas y los toros al Nuevo Reino de Granada.

Si nos detenemos a reflexionar en torno de la existencia del Nuevo Reino de Granada y la fundación y confirmación de Santa Fe, el genuino edificador de la villa fue quien vino y trajo mujeres españolas con sus esposos, hijos e hijas, como argumento primordial del nacimiento del Nuevo Reino de Granada.