Por: Fernando Urbina Rangel
Graduado en Filosofía, Universidad Nacional de Colombia (1963), profesor de la misma (1963-2004). Investigador dedicado a estudios del pensamiento arcaico (mitología y arte rupestre), principalmente en la Amazonía colombiana
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Este texto hace parte del artículo “El indígena en la Constitución de Colombia”, elaborado por el autor para la edición del libro La joven Constitución de Colombia, compilación y estudios realizados por Enrique Santos Molano y Carlos Nicolás Hernández, para su Biblioteca Colombiana Ilustrada, año 2011. Este texto fue autorizado para esta edición por el autor y el editor de la Biblioteca en mención.
Hace dos meses (septiembre de 2011) me fui con una banda de arqueólogos, antropólogos y sociólogos (profesores, estudiantes y muy colaboradores y entusiastas lugareños) a efectuar una visita rápida a los sitios que se han detectado, en la serranía de La Lindosa –departamento del Guaviare–, ricos en arte rupestre. Algunas de esas obras ya habían sido vistas en sucesivas exploraciones desde hace más de medio siglo; pero las reseñas y publicaciones respectivas dan muy ralo testimonio de las maravillas que allí se encuentran. Y todo por los miserables auxilios que manejaban los investigadores, quienes sabían que, si compraban un rollo de película más, se quedaban sin con qué almorzar un día. Algo que la tecnología globalizada ha venido a abaratar con las cámaras digitales. A esto se ha de agregar la ya inveterada dificultad para publicar de modo conveniente los resultados de las pesquisas, dados los precarios presupuestos con que cuentan las instituciones culturales dedicadas a la investigación de las raíces nacionales.
Luego de unas extáticas jornadas en que discutimos y opinamos, embargados de emoción al pie de tan maravillosos monumentos del arte indígena prehistórico, llegó el momento en que, a solas con mi colección de fotografías, me dediqué a mirar y remirar los murales. Al examinar un cierto sector de uno de ellos caí en la cuenta de no haber practicado en él tomas de detalle. Utilizando la magia de la fotografía digital, hice un acercamiento. Y, de pronto, una imagen encontró un viejo molde (arquetipo) en mi mente, y desde allí cobró sentido:

Figura 1. Pasada la medianoche del día 15 de octubre de 2011, al efectuar en mi computadora una aproximación de la imagen de un gran mural que fotografié en la serranía de La Lindosa (18.06.2011), apareció esta figura. (Narración del autor en cursivas).
Desde luego que la pintura está muy deteriorada. No obstante, al efectuar una rápida encuesta sobre la identificación de la figura dominante, la totalidad de los consultados coinciden. Estoy seguro de que no pocos de los amables lectores también habrán visto un caballo.
No es esta la única representación. Todos los integrantes de la expedición nos confrontamos con estilizaciones de un animal que no atinamos a cuál especie presente en la zona de La Lindosa (Amazonía) podía corresponder (ver figuras 3, 4 y 5). Dicha imagen, figura en todas las precarias publicaciones que han aparecido hasta ahora. Danta y chigüiro, animales comunes en la región, son las especies que más se aproximarían; y tampoco nos pareció que fueran las llamas incas que creyó ver Gheerbrant en su expedición de 1948. La figura 1 y el escorzo (con una greca superpuesta) que aparece en la figura 2, me suministraron la clave de inmediato: las representaciones de marras muy probablemente son estilizaciones de un équido, no de un camélido. En algunos murales de La Lindosa –no en todos los descubiertos hasta ahora– se tornó en motivo convencional¹.

Figuras 2, 3, 4, 5. La figura 1 –la anterior– y la primera de esta serie, dieron la clave para esclarecer otras no identificables (3-4-5), y para generar la hipótesis que aquí se trabaja: el testimonio gráfico de los encuentros en la región de la Macarena-Lindosa entre indígenas e invasores europeos o criollos a partir de finales del primer tercio del siglo XVI. (Narración del autor en cursivas).
La pregunta, por supuesto, es cómo llegó a estar representado allí un équido, en una pictografía que se supone bastante antigua², en plena selva, en una serranía del Guaviare. Para responderla, he de esbozar en forma mínima una aproximación a fechados prehistóricos. Hasta el momento, la ocurrencia del arte rupestre en la Amazonia colombiana queda enmarcada por el día de hoy y por el año 10 000 a.p³.; esta es la fecha que se acepta, basada en prueba sólida, para la ocupación humana más temprana de nuestra Amazonia (Araracuara).
Y digo desde el día de hoy. Algún indígena, perdido en la región del Chiribiquete –hasta ahora la región más rica en arte rupestre del continente abyayalense (americano)–, se topó con otros indígenas de una etnia desconocida para él, de esos que sabemos rehúyen⁴ aún el contacto con quienes se autodenominan “civilizados”; los encontró en plena labor de pintar en alguna de las paredes del inmenso complejo geológico de esa intrincada serranía. Sería el primer testimonio de la persistencia de dicha actividad pictográfica en Colombia (Stradelli, Köch-Grunberg y Reichel –y otros que los siguen–, lo suponían, pero no lo pudieron atestiguar directamente). Se pensaba que en casi todas partes su hechura había dejado de practicarse desde antes de la llegada de los invasores europeos, quienes –al igual que los investigadores modernos–, al averiguar por ello, siempre recibían como respuesta que dichas obras habían sido labor de seres míticos, referidos a un insondable in illo tempore. No olvidemos que los invasores europeos prohibían cualquier actividad que tuviera visos de religiosidad aborigen; pintar y grabar en las piedras lo era –o podría serlo–, máxime si los indígenas mostraban suma reverencia por esas obras. Hoy día, en la Amazonía, el arte rupestre es tenido por los indígenas como algo objeto de sumo respeto y cuidado (religioso, en el estricto sentido ciceroniano de la palabra⁵). Sin que esto sea prueba de que el arte rupestre en general pueda reducirse a sólo religión (rito, culto, adoración), pues esta actividad de pintar o grabar –tan humana– puede tener diversas causas, desde un quehacer puramente lúdico, a graves conjuros y magia de caza, pasando por señalizaciones y crónicas gráficas.
No hay ninguna fecha plenamente aceptable para el arte rupestre colombiano, a no ser este inmenso lapso de tiempo que va del hoy, hasta hace 17 milenios; es–por ahora– la fecha bien establecida con que se cuenta, hasta el momento, para la más remota presencia de gente en el país (excavación practicada por Correal en Tocaima). Hay, por supuesto, varias hipótesis respetables y fecundas, pero nada definitivo en lo atinente a algún fechamiento puntual del arte rupestre colombiano (pictografías, petroglifos, geoglifos). Mi primer conocimiento del testimonio del indígena extraviado en la serranía del Chiribiquete se lo debo al arqueólogo Enrique Bautista. No he podido hablar con el indígena en cuestión. También lo mío es de oídas, sin testimonio directo.
Pero más urgente es responder a otra pregunta. ¿Qué tiene que ver esta pictografía del caballito con lo que vengo glosando? Y, a propósito, ¿de qué vengo escribiendo?
Hablo de cómo los indígenas son reconocidos, por f in, como parte fundamental de un país que se formó de un mestizaje que comenzó con violencia, cuando unos invasores, alimentados por la codicia más desmedida que atestigua la historia universal, oyeron una leyenda y penetraron atropelladamente en nuestro territorio en busca de Eldorado. Algunos venían a caballo, forrados de olla⁶ y con muy efectivas y contundentes armas de metal y pólvora, y atraillaban perros de guerra y aterraron a los aborígenes, quienes llegaron a pensar –antes de matar a algunos de ellos– que jinete y cabalgadura eran una misma bestia. No cabe duda de su integración perfecta, porque algo va de un guerrero y hábil caballista, a un correcto caballero. A los perros los veían los aborígenes como cebados jaguares antropófagos salidos de la peor pesadilla⁷, de esas que en ocasiones produce una mal conducida ingesta de enteógeno (figura 6).

Figura 6. A pocas jornadas de San Juan de los Llanos (hoy San Juan de Arama), y a pocos centenares de metros de donde el río Guayabero continúa hendiendo los bloques pétreos de la serranía de La Lindosa, en Angosturas II, se encuentran algunos de los más espléndidos murales prehistóricos localizados en Abya-Yala (América). (Narración del autor en cursivas).
San Juan de Arama es una población de pie de monte. Allí se abren las ilímites llanuras por donde llegaron, desde 1535, procedentes de Venezuela, las avanzadas invasoras de soldados españoles capitaneados por alemanes, entre los que se destacaron Spira, Federmann y Von Hutten. Iban en pos del “semen del sol”. Y se encontraron con la leyenda de El Hombre Dorado. De Quito, y con la misma intención codiciosa, llegaba Belalcázar, masacrando a quienes se le oponían y cortando orejas y rebanando narices de los indígenas que encontraba a su paso; pero adelantándose a todos llegó El Adelantado, subiendo por el río Grande de la Magdalena, desde las costas caribeñas y con el mismo ánimo: apañar el oro de los indios. Luego de asesinar a muchos, robar y reducir a servidumbre al mayor número posible de muiscas –eran tantos que parecían moscas–, fundó a Santa Fe de Bogotá, que ya estaba operando sin la fe; por eso, algunos resolvimos quitársela y dejar el nombre escueto que le dieron los primeros y auténticos fundadores, los indígenas.
Fue una sola y descomunal codicia, que se hizo mente y cuerpo en muchos hombres que sembraban a su paso el horror de las masacres, violaciones, torturas y latrocinios, en las que intervenían a fondo los centauros y sus perros de guerra, motivando los mismos angustiosos desplazamientos de ahora, agresiones que siguen siendo causa de vergüenza ante la humanidad⁸. Y después de Federmann se apareció Avellaneda, con sus 150 vacunos, a refundar el pueblo de San Juan de los Llanos (o la Fragua), como San Juan de Arama; población que se constituyó en la cabeza de puente, desde donde luego trataría de ir al sur –en la desaforada búsqueda de Eldorado, que ya no estaba en Guatavita– Hernán Pérez de Quesada, uno de los conquistadores más crueles y traicioneros; se empeñó en bordear el piedemonte andino oriental –pasando por el sur de la serranía de la Macarena– hasta llegar a Pasto y, desde allí, retornar a la Santa Fe de su hermano. Luego sería seguido por la fracasada expedición llanera del Adelantado: 1100 caballos; 400 “racionales”⁹ y 1500 indígenas. Retornaron a su Santa Fe de Bogotá, cuatro indígenas, poco más de 60 españoles y 18 caballos. Los demás integrantes de la codiciosa aventura, incluidos los indígenas –forzados a participar en ella sin esperanza de nada–, dejaron sus huesos en el camino de ida y de vuelta. Seguramente algo de la caballada escapó y pudo haber constituido la primera simiente de esta especie, en los Llanos Orientales. Potros ya salvajes inspirarían a Rivera el mejor soneto de Tierra de promisión:
Atropellados, por la pampa suelta,
los raudos potros, en febril disputa,
hacen silbar sobre la sorda ruta
los huracanes en su crin revuelta.
Atrás dejando la llanura envuelta en polvo,
alargan la cerviz enjuta,
y a su carrera retumbante y bruta,
cimbran los pindos y la palma esbelta.
Ya cuando cruzan el austral peñasco,
vibra un relincho por las altas rocas;
entonces paran el triunfante casco,
resoplan, roncos, ante el sol violento,
y alzando en grupos las cabezas locas
oyen llegar el retrasado viento.
Varios de esos invasores –tropel de soldados de a pie y de a caballo, y sus centenares de indios cargueros¹⁰ –, remontaron los ríos Ariari y Papamene, o llegaron hasta el mismo Guayabero (bajo Papamene) en Angosturas I, donde su gran caudal bordea la parte más sureña de la serranía de la Macarena. La región fue ocupada ininterrumpidamente por gente no indígena, desde entonces y, sobre todo, cuando Avellaneda refunda La Fragua¹¹ y descubre el oro de aluvión en el Ariari. Dura presión debió soportar la población indígena, entre la que se hacían permanentes razzias para capturar esclavos, en orden a dicha explotación, o a sujetarlos mucho después a la doctrina de los misioneros. Los métodos siempre fueron los mismos en todo el continente: hacerlos trabajar en jornadas hambreadas y agotadoras; además, obligándolos a mantener con sus productos agrícolas, pesqueros y venatorios a sus verdugos, en detrimento de la alimentación de las propias comunidades productoras. Todas las reglamentaciones que se hicieron en la ultramarina metrópoli colonial, favorables a los indígenas, fueron leídas, pero no aplicadas. Estas excursiones de pillaje y captura se extendieron a las comunidades de la serranía de la Macarena y, muy seguramente, llegaron a tocar las estribaciones más norteñas de la serranía de La Lindosa, convertida en zona de refugio de las empavorecidas comunidades.

Foto 1. Luego de nacer en las estribaciones de la cordillera oriental y descender hacia el sur, corriendo paralelo a la serranía de la Macarena, el río Papamene (Guayabero) tuerce hacia el oriente en Angosturas I. Más adelante, y ya en la serranía de La Lindosa, en los alrededores de Angosturas II, se encuentran algunos de los murales más notorios del arte rupestre abyayalense (amerindio). (Narración del autor en cursivas).
Varias jornadas pondrían de distancia los sobrevivientes de los agredidos pueblos aborígenes del piedemonte llanero. Algunos de entre ellos, los artistas, bien pudieron estampar –en las paredes de los cerros rodeados por selvas defensoras, que les sirvieron de refugio más hacia el sur–, las imágenes que recordaban del gran équido, de los temibles perros y de las vacas, y de hablar mucho de los invasores y sus métodos, en orden a prevenir de tamaño peligro a las comunidades entre las que se iban desplazando (figura 7).

Figura 7. Probable representación de un vacuno. Si bien no es bisulco. (Narración del autor en cursivas).
Pero allí, en la serranía de La Lindosa, milenarios antecesores ya habían estampado infinidad de imágenes de su cotidianidad y del mundo de sus ensoñaciones. Contemplemos algunas de esas pinturas, entre las que se encuentran aquellas con que los refugiados congelaron el recuerdo atroz de lo que para ellos constituyó el “Encuentro de los Mundos” (foto 2, figura 8).

Foto 2. Un sector de uno de los grandes murales en Angosturas II en la serranía de La Lindosa. Analizaremos la parte superior. (Narración del autor en cursivas).

Figura 8. La escena es un detalle de la parte superior izquierda del gran mural. La lectura que propongo no está exenta de imaginación, esa “loca de la casa”; sin embargo, sin esta los humanos no hubiéramos podido ser eso: humanos, liberándonos de ese zonzo paraíso de la matriz silvestre, en donde estuvimos como especie animal, sin darnos cabal cuenta de ello, antes de dar paso al imaginar liberador, sufriente y creativo. Simbólicamente, el primer paso en ese sentido lo dio Eva, la más remota, que era africana, no hebrea. (Narración del autor en cursivas).
Referencias
¹Daré cuenta de ello pormenorizadamente en mi página web: «amazoniamítica.com», y en ponencias y en un artículo más especializado, en preparación. Lo consignado aquí es el primer avance.
²La mayoría de los estudiosos del arte rupestre colombiano ubican la hechura de las obras rupestres a períodos prehispánicos. Este aserto es válido para casi todas las obras inventariadas hasta ahora. Se ha propuesto mínimas excepciones, no confirmadas.
³Últimamente se ha propuesto una cronología fantasiosa que extiende la ocupación hasta el 50 000 a.p. Quien lo propone también afirmó en el pasado Simposio Internacional de Arte Rupestre, celebrado en la Universidad Nacional de Colombia en 2010, que el centro del mundo pasaba por algunos de las pictografías por él reseñadas en la serranía del Chiribiquete; este aserto es válido, como lo es que tal línea imaginaria discurra por donde está quien lee el presente texto.
⁴Quedan por lo menos unos cuatro grupos de “enmontados” en la Amazonía colombiana. Ojalá puedan perdurar así. Estas culturas colapsan de la peor manera, apenas son “reducidas a estado de civilización”. En todos los casos que se han dado de reducción (la palabra es perfecta), la operación ha resultado desastrosa. Uno de esos grupos, bien conocido, que aún se mantiene independiente, es el de los yuríes (mal llamados caraballos), quienes se enmontaron escapando del genocidio causado por las compañías caucheras inglesas, brasileñas, peruanas y colombianas. Tan inglesas eran, que a los sicarios indígenas se los llamaba bois (del inglés boy); muyaï en uitoto; eran huérfanos indígenas adiestrados desde niños como torturadores y asesinos, para controlar las comunidades indígenas mediante un terror sistemático.
⁵Cicerón, el mejor estilista del latín, afirmaba que el término religio tiene que ver con religens, antónimo de negligens = negligente, descuidado. Es que la religión es el trato con los dioses, y, entre estos, sobre todo los llamados Primordiales (los hacedores de la materia prima del cosmos), son concebidos como pura Fuerza –aún sin moralidad–; seres tan pletóricos de Poder, que no pueden controlarlo suficientemente. Esto hace que los mortales corran sumo peligro al intentar de tratar con ellos, razón por la cual deben andarse con mucho cuidado para no ser aniquilados. El uso más estricto de la palabra religioso es, pues, ser cuidadoso en extremo. No cometer ningún desliz en el ritual.
⁶En algunas antiguas crónicas de indígenas amazónicos se ha conservado esta expresión para referirse a las armaduras metálicas de los guerreros europeos. La olla hace alusión al caldero metálico. Dato suministrado por el biólogo Carlos Rodríguez.
⁷ En muchas lenguas indígenas el «perro que ladra» es llamado “el tigre del blanco”. El nombre de “tigre” dado impropiamente al jaguar, quedó acuñado desde los cronistas de Indias. Todos ellos hacen relación con menor o mayor detalle a la crudelísima práctica del aperreamiento de indígenas. Constituyó el arma terrorífica más efectiva.
⁸El asunto se ha modernizado en Colombia: motosierras en lugar de perros. Al fin de la cuenta, los dos tienen dientes y se usan para desmembrar vivas a las víctimas. Y generar terror. Los grandes, amaestrados y acorazados canes, fueron sistemáticamente empleados por los españoles contra los indígenas, desde Norteamérica hasta Chile y Argentina, y desde la primera batalla que se dio en La Española, hasta bien entrada la colonia. Hoy día el mundo se horrorizó con el uso de perros en los centros de tortura estadounidenses. El mundo pensaba que habían sido los nazis los últimos en utilizar el método perruno contra prisioneros. Nuestro maestro Botero fraguó una valiente y comprometida serie de pinturas, basadas en las fotografías disponibles, en las que muestra las atrocidades cometidas en Abu Graib; figuran perros.
⁹Así se autocalificaban (al menos hasta 1972, cuando estuve entre colonos e indígenas del Vichada) los criollos: “Aquí habemos diez racionales solamente; los demás son guahibos”, nos decían a Alejandro Reyes Posada y a mí. Una conclusión lógica, que se sigue de este infame y arraigado prejuicio, es que los aborígenes “son como animales” y, además, “dañinos: flechan reses”; por tanto, “merecen ser exterminados”. Entre españoles, capitanes alemanes y criollos, casi lo logran.
¹⁰ Los iban reclutando por el camino a medida que masacraban y tomaban prisioneros (justificaban esclavizarlos alegando que “todos eran comedores de carne humana”); casi todos morían en el camino. Por eso se decía que, para seguir las huellas de un invasor, bastaba seguir las osamentas que su mesnada iba dejando copiosamente en su deambular ambicioso.
¹¹ Nombre dado por Federmann a San Juan de los Llanos, por haber herrado allí sus caballos para transponer la cordillera oriental, rumbo a Eldorado. Finalmente, en 1985, se llamó San Juan de Arama.




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