Por: Naid Núñez Castillo
Lideresa social y ambiental (Veeduría CASA). Activista política en temas de mujer y género. Fotógrafa de flores y orgullosa mamá
Leer Revista Encuentros #47 completa

Cuando sea alcalde abriré la ciudad como una botella de cava, debemos dejar que Barcelona fluya.

Jaume Collboni (alcalde de Barcelona, 2025)

Hace un tiempo Rodolfo Hernández (q. e. p. d.), quien sumó casi once millones de votos en la segunda vuelta como candidato presidencial de Colombia en el 2022, sin ninguna propuesta ideológica o política precisa, pero con el estandarte de empresario exitoso, acompañado de un lenguaje populista, en su momento, como candidato y después como alcalde de Bucaramanga, se refirió a que convertiría la ciudad en la ‘Barcelona’ del país, objetivo que no cumplió con ninguna expectativa ciudadana y que, por el contrario, abrió unas complejas brechas sociales que hasta el día de hoy carcomen el andamiaje social de la ciudad, que enfrenta un profundo debacle político y atraviesa graves problemas de inseguridad, movilidad y desigualdad social.

Dicho lo anterior, como preámbulo, trataré de desentrañar las políticas públicas que logran que ciudades como Barcelona sean un modelo de modernidad y, en especial, de movilidad.

Barcelona es la capital cosmopolita de la región de Cataluña, en España, conocida mundialmente por su cultura, arte y arquitectura, en especial, su ícono arquitectónico, la catedral de la Sagrada Familia de Antoni Gaudí. A la capital catalana la han definido los expertos como una de las mejores ciudades del mundo, en términos de calidad de vida, seguridad y equidad, lo cual obedece a una metódica conjunción de factores. Entre ellos, el éxito en su sistema de movilidad, que se caracteriza por un amplio diseño de posibilidades, con especial consideración en una extensa y eficiente red de transporte público: metro, tranvía, autobuses, trenes, taxis y ciclo vías, que priorizan las energías limpias con garantizadas o eficaces etapas de desplazamiento en cada modo de transporte. Así también, la distribución del espacio público de movilidad, incluyendo áreas demarcadas para peatones, bicicletas, transporte público, vehículos privados, englobada por una cultura ciudadana. Todo esto paralelo a una gestión administrativa, del ayuntamiento de Barcelona, en relación con información o trámites de movilidad (tarjetas, licencias, alquiler de parqueaderos, horarios, zonas verdes), un estratégico y bien organizado sistema, en una ciudad que, además de sus habitantes, que son aproximadamente 3 400 000 millones (datos de 2021), incluida su área metropolitana (lo que representa el 42.8 % del total de la población de Cataluña), sumado a la constante ola turística que vive la ciudad, que es de aproximadamente 26 millones de personas anuales (2023), convierte a la ciudad en uno de los destinos turísticos preferidos del mundo.

Así las cosas, me pregunto cómo es posible que una ciudad que maneja tal número de población permanente y flotante no sucumba ante la crisis de movilidad que afecta a la mayoría de ciudades del mundo, especialmente en América Latina, y particularmente en nuestro país, Colombia, donde, según manifiestan sus gobiernos locales, se hacen ingentes esfuerzos económicos, políticos y urbanísticos para brindar una calidad de vida y dignidad a todos sus ciudadanos, sin hasta el momento lograr medianos resultados en ninguna de las principales ciudades de nuestro país, incluida la caótica capital de la república, donde después de muchos años de debates políticos se da lento inicio a la construcción del metro elevado, lo cual, según mi testaruda opinión, ha debido ser subterráneo; en fin, votamos para que otros nos representen y decidan, y ese es, a veces, el macabro juego de la democracia participativa, pues hay que respetar la decisión de las mayorías.

Cierto es que, mientras Barcelona amplía su red de carriles para bicicletas, su red ferroviaria y mejora permanentes e inclusivos sistemas (para adultos mayores y personas con movilidad reducida) en sus métodos de transporte, haciendo cada día actualización en infraestructura, lo que repercute en una eficiencia cada vez más alta de movilidad y la seguridad de peatones, autobuses y vehículos, en nuestro Macondo avanzamos paquidérmicamente en los sistemas de transporte, obligando a que un ciudadano que labora en la capital y que viva en barrios como Ciudad Bolívar, en Bogotá, se tenga que levantar a las 3 a. m. para poder cumplir con su horario laboral, después de enfrentarse a las peripecias de nuestros territorios en “vías” de desarrollo, o que, en ciudades como Bucaramanga, se quiebre el sistema público de transporte (Metrolínea), incrementando ostensiblemente el mal llamado transporte pirata, con el deterioro de la seguridad, en especial para mujeres y niñas, e incrementando los tiempos de desplazamiento y el detrimento del bienestar ciudadano.

Sin duda, pretender hacer comparativos con países y ciudades como Barcelona, que nos llevan años de historia y desarrollo, no es exactamente el meollo que nos debe hacer reflexionar, pero sí la necesidad, como habitantes, de apropiarnos de este tema, que afecta sistemáticamente la calidad de vida y la dignidad que nos merecemos como ciudadanos. Así también, no es menos importante entender que, en materia de movilidad, existen modelos eficientes en el mundo que se pueden aplicar en nuestras ciudades. Que muchos de nuestros municipios se encuentran en la edad de piedra, en materia de transporte, movilidad e infraestructura, y que esto no es más que el permanente recuerdo de la calidad de dirigentes que hemos elegido durante años y de la pesada carga de corrupción que seguimos arrastrando los colombianos.

La eterna espera de ver un metro en la ciudad de Bogotá parece que empezará a dar sus frutos, pero, para ser sincera, no me encuentro satisfecha con la incidencia que ha tenido el proyecto, en lo urbanístico y en las afectaciones a residencias y habitantes, aunque haya que dar un compás de espera y ver los resultados, esperando que la vida alcance. Así mismo, pedir al más allá que palabras o promesas, como las del candidato Hernández, que nunca se hicieron realidad, queden en la memoria ciudadana para que algún día podamos, como ciudadanos que pagamos impuestos, disfrutar de un red de transporte como la de Barcelona o de la mayoría de ciudades de Europa, donde los servicios públicos y la dignidad avanzan por caminos paralelos; ciudades de escala humana con proyección global, capaces de recuperar y conservar el orden y ofrecer oportunidades para vivir y trabajar, especialmente que renuevan el sentido de las nuevas ciudadanías en la pertenencia por nuestros territorios, objetivo puntual que debe mover las metas sociales, recalcando que la movilidad es un derecho social fundamental, como la educación o la salud, y, por tanto, es obligación de las administraciones y los gobiernos impulsarla, planificarla y garantizarla.

Movilidad sostenible será el nuevo plan de movilidad urbana.

AyuntAmiento de Barcelona