Por: Carlos Luis Torres Gutiérrez
Escritor y librero, magíster en Literatura latinoamericana
Leer Revista Encuentros #47 completa

Tomado de la publicación original en Letralia¹, con autorización por parte del autor.

Desde lo manifestado en su discurso de posesión por el presidente Donald Trump, sobre su intención de “recuperar” el canal de Panamá, la situación ha aumentado en tensión, no sólo porque esta amenaza de corte imperialista se ha repetido con Gaza, Canadá, Groenlandia, sino que además envió al secretario de Estado Marco Rubio para que realizara su primera parada de la gira por el continente en Panamá, y reafirmara lo ya dicho sobre “[…] que se ha entregado el canal al partido comunista chino”, y además, manifestara la necesidad de la renegociación de tarifas y preferencias para los Estados Unidos.

Pero la situación se pone álgida con la visita del jefe del Comando Sur del Ejército de EE. UU., el almirante Alvin Holsey, quien visitó Panamá el pasado 19 de febrero para reunirse con autoridades del gobierno panameño y del canal con el fin de abordar temas de seguridad, como “resguardar el área” de la vía interoceánica frente a la “influencia” de China y la crisis migratoria a través del istmo, sin perder de vista un acápite del tratado que contempla que los Estados Unidos defenderán la neutralidad del canal.

Es evidente que este tipo de amenazas, además de ser una estrategia de negociación de Trump, son la explicitación del retorno a la política de finales del siglo XIX y principios del XX, con el “plan garrote”, la “diplomacia cañonera” y las invasiones a los países latinoamericanos. Recordemos que a principios del siglo anterior hubo seis invasiones norteamericanas a Panamá.

Para Colombia, el canal ha sido un tema de casi siglo y medio, pues fue dentro de la República de Colombia cuando una compañía francesa dio inicio a la construcción del ferrocarril, entre Ciudad Colón y Panamá, y a las obras del canal, que en ese entonces era un proyecto de construcción a nivel y no en esclusas, tal vez por el entusiasmo que despertó la construcción del canal de Suez.

A comienzos de 1900, los Estados Unidos propiciaron la luchas por la independencia de Panamá, respaldaron a los independentistas con barcos de la marina, sobornaron las condiciones del tratado del canal, compraron embajadores y gobernantes y otorgaron una ridícula indemnizaron al país, por haber cedido buena parte de nuestro territorio para que luego una firma norteamericana construyera y lo explotara por cien años, al cabo de los cuales se lo entregaría a la República de Panamá, como se hizo el 31 de diciembre de 1999. Hoy se pone en tela de juicio el tratado Torrijos-Carter, que posibilitó la entrega de este paso, que soñaron, desde Balboa, todos los hombres que se asomaban al istmo y oteaban un hermoso paisaje y un gigante negocio, para cualquiera que poseyera estas tierras.

Mucho se ha escrito: ensayos políticos, análisis financieros, proclamas, novelas y poemas². En los últimos años, varias novelas colombianas han tocado el tema: Historia secreta de Costaguana de Juan Gabriel Vásquez y La guerra perdida del indio Lorenzo de Rafael Baena, entre otras que nos pueden servir de ilustración para entender la forma arbitraria de hoy, pues es simplemente la extensión de lo ya ocurrido.

La primera, Historia secreta de Costaguana (Alfaguara, 2007), narra la historia de José Altamirano y de su padre Miguel, a través de la voz del hijo, en primera persona, quien como un narrador oral cuenta diferentes episodios personales y colectivos alrededor de las guerras de f inal de siglo en nuestro país, pero, fundamentalmente, la novela es la búsqueda de su padre en Panamá, a donde viaja y, con los breves datos suministrados por su madre, Antonia de Narváez, le encuentra, y acompaña durante varios años en su labor periodística, presencia las luchas de los independentistas, la construcción del ferrocarril y el derrumbe del primer proyecto de los franceses de construcción del canal, pero con detalle describe las diversas tramoyas de los intermediarios y cónsules norteamericanos para quedarse con el canal de Panamá.

Novela en la que sucede un encuentro con Joseph Conrad (escritor polaco), en su fugaz paso por el Caribe, siendo un joven aprendiz de marinero quien se inaugura traficando armas para los ejércitos conservadores de Colombia y quien, años después, José Altamirano visita en Londres, siendo este ya un novelista importante, y aquel, un hombre que huye de la hecatombe de su tierra, del desastre de su vida buscando un lugar donde esconderse de sí mismo.

No todo es historia, hay dureza en los acontecimientos que rodean a Eloísa, la única hija de José Altamirano, en la trágica vida de su esposa, en el final de su padre, en su siempre y constante fracaso. Novela excesiva a veces, reiterativa en ese intento por dialogar con el lector, a quien está dirigida la voz del narrador, quien parece, en algunas oportunidades, como un vendedor de plaza de mercado que juega con el tiempo y que anuncia y reitera que va a contar un acontecimiento, sin decirlo. Lo que sí es notable, es que la novela posee una gran investigación histórica, un conocimiento de la biografía y de la obra de Conrad, que sorprende, y que hoy la novela es, sin dudas, un material absolutamente valioso para conocer detalles del entorno social, político y mercantil por el que atravesaba la ya República de Colombia, que propició, y cuyos gobernantes conservadores permitieron la apropiación del canal de Panamá.

La otra obra mencionada, La guerra perdida del indio Lorenzo (Alfaguara, 2015) de Rafael Baena, novelista, fotógrafo y periodista (fallecido hace nueve años), fue su última novela³, que registra con minucia las escaramuzas de las innumerables batallas que libró en Panamá el indio Lorenzo, un liberal “pata al suelo” de un radicalismo natural, de un espíritu combativo y libertario por lograr la emancipación de sus hermanos.

Esta novela no narra el éxito, como lo dice su título; relata las pérdidas, y entre tantas, son estas las anteriores a la separación de Panamá. La novela reconstruye el paisaje social, político, económico, que condujo a la independencia de ese territorio a través de una extensa carta que Vicente Orduz (terrateniente santandereano que se sumó al radicalismo liberal) escribe a su sobrino. Relata la historia del indio Lorenzo, un héroe anónimo, un líder natural de un grupo de indios armados con palos, machetes y nueve escopetas de fisto, que se atreven a desafiar, con el sistema de guerrillas y la propuesta dada por Orduz, el narrador en primera persona de esta historia, de conformar el primer escuadrón de caballería armada según los consejos de guerra brindados en los textos del general Antonio Maceo (héroe independentista cubano). Obviamente, el indio dio la vida defendiendo su tierra, las ideas libertarias y de igualdad.

Este tal Vicente Orduz, narrador protagonista, cronista de las guerras en Panamá, quien aparece también en la novela Bala vendida, parece ser el alter ego de Rafael Baena. Su papel de cronista, historiador, amante de los caballos y experto jinete, lector de obras de aventuras juveniles (Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas), y su actitud, en la novela, al dar opiniones respecto a personajes fundamentales en la historia de las guerras del país como Benjamín Herrera y Rafael Uribe Uribe, le dan un certero parecido al autor.

El exceso de detalles sobre las escaramuzas de los diversos bandos liberales, con nombres de generales y personal de tropa, lugares, caminos, pequeñas poblaciones y conversaciones casi de mensajería para adquisición de armas y pertrechos, el planeamiento de emboscadas y estrategias de batalla, hacen que la novela se extienda hasta la monotonía del recuento, y la reiteración del camino acumulado de las batallas fracasadas de Lorenzo. No se trata esta de una novela que estimule la ficción, su propósito es dar cuenta de la investigación del autor sobre el cúmulo de batallas del indio Lorenzo, que se suman a la lista en otras obras Rafael Baena sobre el tema: Tanta sangre vista, Vuelvan caras carajo, La bala vendida, entre otras.

La importancia de las novelas de Baena sobre las batallas del siglo XIX está ahí, en la recuperación histórica y, para utilizar sus palabras, cuando le preguntaban por qué había escrito novelas históricas, respondía siempre que “a los hijos había que explicarles la violencia”, y que “los orígenes de la guerra de hoy estaban en las guerras de ayer, en la fundación misma de la patria”⁴.

Estas dos novelas toman hoy relevancia, por un lado, por connotar a lo largo de todas sus páginas que Colombia y Panamá son un solo territorio dividido a la fuerza, los mismos hombres lucharon y murieron por la misma causa. La historia de las guerras en el XIX y comienzos del XX, son escenarios que posibilitan explicación de las actuales⁵. Pretender el canal por parte del gobierno norteamericano⁶, es un exabrupto sin precedentes, al cual nuestros países deben dar respuesta por ser un aspecto de soberanía mayor, que recuerda tristes eventos para el pueblo panameño.

Referencias


¹Torres Gutiérrez, Carlos Luis (2025, febrero 9). Dos novelas colombianas sobre el canal de Panamá. Letralia, Cagua. https://letralia.com/articulos-y-reportajes/2025/02/25/dos-novelas-colombianascanal-de-panama/

²Un artículo publicado en la revista Libros & Letras, hace un recuento de algunas de los escritos literarios sobre el canal de Panamá. Ver: Pulido Ritter, Luis (2014, julio 11). El canal de Panamá: una historia literaria. Libros & Letras, Bogotá. https://www.librosyletras.com/el-canal-de-panama-unahistoria/ Pongo otros, adjuntando: Luna Verde (1941), Gamboa Road Gang (1960), Curundú (1963) y Flor de Banana (1965) de Joaquín Beleño, La otra frontera (1966) de César A. Candanedo, Canal Zone (1935) de Demetrio Aguilera Malta, El último juego (1977) de Gloria Guardia, Los nietos de Felicidad Dolores (1991) de Carlos Guillermo Wilson, No pertenezco a este siglo (1995) de Rosa María Britton y Manosanta (1996) de Rafael Ruiloba.

³ El 4 de diciembre de 2015, pocos días antes de su muerte, Rafael Baena aceptó la invitación de presentar la novela en la desaparecida librería Luvina, de la cual yo era su propietario. Rafael llegó con su esposa Amalia Carrillo, quién le ayudaba con el equipo de oxígeno, mientras él hablaba con entusiasmo de batallas y derrotas y de la importancia de su papel de historiador de las guerras del siglo XIX.

⁴ Cita tomada de una semblanza del autor de la novela, realizada por: Malagón Llano, Sara (2016, diciembre 14). Un año sin Rafael Baena. Kanaletas (wordpress), Bogotá. https://kantaletas.wordpress.com/2016/12/14/un-ano-sin-rafael-baena/

⁵ Existe una intención clara de contar de nuevo la historia de las batallas del siglo XIX, ahora desde la boca de hombres absolutamente anónimos, como el indio Lorenzo. Aspecto hoy introducido en la nueva forma de hacer la historia, no con hechos fundamentales sino marginales (que no es aquí el caso), pero sí a partir de hombres anónimos o no reconocidos. Baena no pone de narrador al indio Lorenzo, pues sería difícil aceptar que desde una cabeza poco “ilustrada” pueda darse una explicación acertada y global de un periodo política y socialmente complejo. Por tanto, el protagonista es Orduz, su alter ego.

⁶ A través de la voz de Orduz, alter ego de Baena, se deja claro el papel de los norteamericanos al estar pendiente, en los barcos, por el desenlace de la guerra en Panamá. “Yo casi podía imaginar a sus grandes magnates restregándose las manos en alguna conspicua oficina washingtoniana, con ganas de que la guerra acabara pero también deseando que al hacerlo el vencedor quedara tan débil que no pudiera anteponer condiciones o dilatar la puesta en operación de la nueva vía, que anticipaba iba a ser una proeza de tales alcances ingenieriles que en muy corto tiempo le permitirían sumarse al selecto grupo de las grandes maravillas del mundo. Con Victoriano Lorenzo ya habíamos conversado respecto a la multiplicidad de intereses foráneos involucrados en el destino de Panamá, incluso él había llegado a decirme que, una vez derrotados los godos, sin duda alguna la guerra continuaría porque entonces sería necesario echar a los marines al mar” (Baena, 2015, p. 177).