Por: Rafael Téllez
Profesor, Escuela de Economía y Administración UIS. Investigador, Grupo de Investigación GIDROT UIS¹
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Cuando creíamos tener las respuestas nos cambiaron las preguntas.

Mario Benedetti

Dice el profesor a los estudiantes: estas son las cinco preguntas del examen, y un estudiante dice: yo me las sé profesor. Éste le dice: dígalas; el estudiante le respondió: lo que no sé son las respuestas.

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Nueva geopolítica bajo el efecto Trump

En contexto, presenciamos inusitadas tensiones geopolíticas que perfilan el fin de la hegemonía euroestadounidense en el orden mundial y el germen de un nuevo orden multicéntrico, cuya arquitectura está en cocción. Varios sucesos recientes indician escenarios probables:

1.) el curso de la guerra Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN)-Rusia en Ucrania y comienzos de las negociaciones de paz;

2.) la posible negociación de paz entre Israel-Hamas, surgida de la tregua acordada (enero de 2025);

3.) el ascenso a la presidencia de Estados Unidos del republicano Donald Trump (20 de enero, 2025), con el telón de fondo de desmoronamiento de la ideología “progresista” global;

4.) la discusión en Davos (2025) de una agenda de “nuevo crecimiento” ecológicamente sostenible, financieramente posible, socialmente justo, marcadamente amenazada por el aumento del gasto militar; y

5.) acuerdos para una gestión tecnológica de la inteligencia artificial (IA), no para la guerra y el control social del orden acordado entre las potencias.

La irrupción del orden multipolar está matizada por un debate filosófico y epistemológico implícito y explícito, que empieza por poner en cuestión el pensamiento único euroestadounidense, fundado en un concepto ultrasubjetivo de libertad, más allá de las fronteras del mundo inmaterial y material. Esta, como herencia nietzscheana para vaciar del lugar al Dios heredado del racionalismo cartesiano² y la filosofía kantiana, que situaron el concepto de dios en términos de “ser único y “todo suficiente (allgenugsam)”, y la conciliación de la ciencia y la fe para dar sentido trascendente a la victoria del racionalismo, centro de la modernidad occidental, basada en valores de la tradición judeocristiana³, compitió con la epistemología marxista, centrada en la dialéctica materialista del cambio del orden material y expresión de un concepto de libertad objetivo, hasta la segunda mitad del siglo XX.

Entonces, entre 1970-1980, el estallido de la crisis de acumulación capitalista y, con ello, la invención de la globalización como estrategia de reestructuración del capital, arropada por el modo de regulación que dio lugar al “Estado profundo”, centro del discurso socialdemócrata “progresista” euroestadounidense, institucionalizado a través de un Estado “multipropósito” f inanciado con la expansión del déficit fiscal, para enrutar agendas globales verdes, 2030, objetivos de desarrollo sostenible (ODS), conferencias de las partes de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP), derechos LGTBI+. Así, el modo regulación (Lipietz, 2001) desembocó en la narrativa de la gobernanza de la regulación del orden de acumulación global⁴, predominante en los últimos cincuenta años. En el caso de América Latina y el Caribe, este sustituyó el debate por la liberación e independencia, apoyado en el marxismo adoptado por la izquierda radical y moderada, pero ahora adscrita al “progresismo socialdemócrata” euroestadounidense, con las etiquetas de “izquierda” o “centroizquierda”, entre otras, que domina el debate de la democracia, en alianza con la heterodoxia liberal hegemonizada desde Estados Unidos y Europa.

El 2025 amaneció en el podio la ideología neoconservadora republicana trumpista, de restauración de valores morales e instituciones judeocristianas, en las que se fundamentó el auge de la modernidad occidental. Hoy, una narrativa etiquetada como de “derecha”, “ultraderecha” o “centroderecha”, echa mano de los relatos del Estado nacional y el “patriotismo”, para territorializar la democracia como correlato político espacial de la contra-globalización.

Entonces, ¿cuáles las preguntas? Winston Churchill decía que “cuanto más atrás podamos mirar, más hacia el futuro podemos ver”, y, por ello, es necesario subrayar la importancia de la historia, para resaltar que asistimos a una crisis sin precedentes cuyas raíces están asidas a historias lejanas y cercanas de la relación hombre-naturaleza, cuyas huellas no es bueno seguir ignorando, o encubriendo, con el relato ideológico-existencial del cambio climático, que, sin demeritar su certeza, es necesario devolverle su carácter natural inexorable y las respuestas culturales adaptativas, a través de sucesivos y lentos procesos de transición socioecológica. Así que nuestra atención está centrada en la evolución y los cambios culturales⁵, para aprender de sociedades y comunidades antiguas, cuya adaptación cultural exitosa dejó lecciones de “sostenibilidad” y equilibrios en ciclos de orden dados en sucesivos periodos históricos.

En este sentido, las preguntas requieren considerar el carácter epistemológico referido a cómo un conocimiento dado se produce (Taylor y Bogdan, 1994, pp. 66-67) y por qué la ciencia y el conocimiento han de ser entendidas como entidades indiferenciadas (Habermas⁶, 1999, p. 25), de manera que nos sirva para precisar las diferencias con la “ideología” despojada de objetividad (y de historia) en relación con el conocimiento científico o los saberes ancestrales. En ese caso, la ideología suele presentarse con estructuras lingüísticas de dominación, como imposición social o universal de una representación ideal, o “del deber ser”, como en el caso de la “ideología de género”, que se separa de la objetividad científica respecto a los cromosomas que determinan el sexo de una persona, cuestión que tampoco es posible, por ejemplo, con la ley de la gravedad, o de la herencia.

El problema es que la narrativa ideológica “progresista” se basa en el enfoque “victoriano” del desarrollo denunciado por Marvin Harris, que enfatiza el optimismo en el “progreso tecnológico”, como presupuesto del transhumanismo de moda, y las teorías neoclásicas del desarrollo y el crecimiento, con el argumento de que todo futuro será mejor que el pasado, ignorando deliberadamente la historia de comunidades primitivas que reportan mejor calidad de vida y bienestar que las modernas (Harris, 1986, pp. 9, 23). Estas últimas, basadas en el conocimiento y regulación de los equilibrios entre las presiones socio-reproductivas y las presiones ecológicas, con lo cual aquellos pueblos ancestrales alcanzaron niveles de bienestar material y cultural, contrario a los patrones extractivistas de biomasa o minerales que causaron los efectos de los gases de efecto invernadero (GEI) y la pérdida de biodiversidad contemporáneas.

En este sentido, las sociedades modernas de todas las latitudes han desarrollado un modelo productivo que deliberadamente separa al hombre de la naturaleza, para conseguir bienestar material, a través de la doble estrategia de aumento de la productividad y el control del crecimiento de la población. De esta manera se ha banalizado la noción de sostenibilidad del desarrollo, cargando los efectos negativos a la mayoría de población y las comunidades urbano-rurales, en favor del bienestar material de una minoría. Pero esa separación de la naturaleza pasa por alto la sucesión de transformaciones micro y macro cósmicas, visibles o imperceptibles, que incesantemente ocurren y permiten comprender la fragilidad de los equilibrios que hacen posible la vida en la Tierra. Equilibrios como mutaciones cuánticas y acoplamientos de miles de millones de máquinas moleculares, que ocurren en el vientre de bosques, océanos y organismos, y cambian formas de vida, como designio inteligente para bien del hombre.

Con esto, se quiere subrayar el principio de inevitabilidad del cambio, como “designio inteligente” y fuerza natural que ordena y organiza el planeta, al tiempo que lo desordena catastróficamente, como parte de intercambios y equilibrios cósmicos y energéticos originados en el Sol, cuyas trayectorias fusionan el tiempo y el espacio en el vasto universo. Nosotros somos una pequeña parte, moléculas de arena viva asidas a la tierra y los océanos y en el vientre de los bosques, estructuras bióticas navegando en la atmosfera. Así, vivimos en un minúsculo barrio del universo, en un planeta en erupción, fuerzas violentas y estados pacíficos que dan lugar a mutaciones físico-bio-químicas y genéticas, que están en la base material de las representaciones simbólicas y culturales de la relación hombre-naturaleza en el territorio.

En definitiva, la realidad no se agota en los libros. Es necesario vaciar las páginas y volver a comenzar, pues, sin duda, la historia del futuro comienza en el declive de un ciclo y el comienzo de otro, como el actual. No considerar esto oscurece la percepción de la gente alrededor del cambio climático, hasta considerarlo como un riesgo existencial que depende de la voluntad humana o del determinismo ambiental, cuando lo que sí depende de ello es el uso sostenible.

Como en la naturaleza, la descomposición de la materia para dar origen a nuevas formas de vida ocurre de forma similar en el ámbito de la sociedad y la cultura, pero, en este caso, las mentiras, como contaminación, dan lugar a la descomposición moral de las sociedades, como la grecorromana, la medioeval, la europea, entre otras. Varias civilizaciones sucumbieron y, sobre sus cenizas, geminaron los brotes de nuevos ordenes ético-sociales necesitados de redes institucionales de reconocimiento y ejércitos titulares de la violencia organizada. Investigar sobre estas redes permite traer al presente modelos o patrones de gestión, paradigmas de la reproducción del conocimiento adaptativo⁷, dados los inexorables cambios de la naturaleza y el universo.

En este sentido, cada cierto tiempo, las sociedades han llegado a ciclos o fases de agotamiento de sus pautas o patrones de relacionamiento y orden, y a la necesidad de reinvención de otras. Por lo que, cada cierto tiempo, también se han enfrentado a riesgos de incertidumbre existencial, y sus preocupaciones se traducen en preguntas cargadas de una especie de pragmatismo filosófico, cuyas respuestas llegaban en las madrugadas o atardeceres de los siglos, en medio de tempestades, catástrofes y nubarrones que los sabios podían ver o descifrar (hoy sería ‘decodificar’). Por ejemplo, en antiguas sociedades, como la griega, los oráculos (Delfos, Dodona, Dídima, Claros, Epidauro, Lebena) eran ministrados por sacerdotes, a los que se les hacían las preguntas por el futuro y las decisiones importantes; eran como los tanques de pensamiento de hoy. Los egipcios, persas, celtas, comunidades y pueblos indígenas, entre otros, tenían sabios, mediadores entre dioses, hombres y cortesanos; así mismo, en la cultura judeocristiana se tenían los profetas, mediadores entre Dios y los hombres, que vivían en medio de ellos, no muertos⁸, para consultas.

Por supuesto, esto no es nada cercano a un oráculo, sólo preguntas alrededor de hacia dónde apuntan las decisiones recientes de los lideres mundiales (Donald Trump, Xi Jinping, Vladímir Putin, Benjamín Netanyahu, Recep Tayyip Erdoğan, Mohammed bin Abdulrahman Al Thani, Abdel Aziz al-Rantisi, Elon Musk), las cuales están asociadas a una probable diminución de las tensiones militares y comerciales, para un nuevo orden multicéntrico regulado por acuerdos de paz, seguridad nuclear y porciones geoeconómicas de mercado (extracción, producción, distribución). De otro lado, en 2025, las decisiones en curso, desde Washington, Bruselas, Moscú, Bruselas, Davos, generan expectativas y horizontes de oportunidades, pero también riesgos, incertidumbre y certezas, acordes con la situación estratégica de cada jugador en el tablero del poder orbital. No obstante, en estos casos, la historia nos deja la lección de que en los juegos de poder hay perdedores y ganadores, en cuyo caso, para las sociedades de países del sur global, se hacen la gran pregunta (¿?).

¿Y América Latina y el Caribe? Desde finales del siglo XX, las élites de “centro”, “izquierda”, “derecha”, en común, renunciaron a la herencia liberadora de las teorías y relatos políticos que pusieron en cuestión el colonialismo y el neocolonialismo euroestadounidense, responsable de muchos de los problemas que hoy padecen nuestras sociedades. Nos quedamos con lo peor, neocolonizados por el transhumanismo o poshumanismo (una especie de wokismo degenerado), como lastre que nos aleja más de la utopía de los movimientos revolucionarios paridos en la revolución antiimperialista cubana, o la subsahariana, visiones fragmentadas que reclaman una integración sur-sur.

Referencias


¹Economista (UCC), magíster en Planificación y Administración del Desarrollo Regional (CIDER, Universidad de los Andes) y especialista en Evaluación Ambiental de Proyectos y Gestión Ambiental (UIS). Director del Seminario de Metodologías de Planificación Regional y Ecología. Miembro de la Red Latinoamericana de Agroecología y director de la cátedra Transición Energética y Paz. Miembro de la Red Iberoamericana de Investigación en Globalización y Territorio. Exasesor ONU-PNUD, delegado de la Conferencia internacional de Paz Costa Rica-Quito. Profesor, maestría en Desarrollo Rural, Pontificia Universidad Javeriana, y de la maestría en Gestión de Políticas Públicas, UIS.

²Para René Descartes, están en primer plano las preguntas acerca de las posibilidades y los límites de la conciencia humana, y acerca del ser pensante. Según el filosofo, precursor de la modernidad: “El Yo únicamente puede reconocer su propia imperfección, porque es capaz de la idea de lo perfecto. Lo perfecto no es más que Dios. Dios representa la omnisciencia y también la idea de lo eterno: todas las cualidades que el Yo imperfecto no posee. ¡Esto aporta la prueba de que Dios existe!”

³Al respecto, Jürgen Habermas argumentaba alrededor de la necesidad de fomentar el pensamiento crítico con intención práctica, proponiendo que “el pensamiento crítico con intención práctica puede ser fomentado mediante el análisis y la recuperación del sentido de los elementos extravagantes, enojosos y hasta irritantes del desarrollo histórico, que hoy son apenas tomados en cuenta. En los siguientes aspectos –hoy totalmente olvidados– del orden premoderno, se halla también lo rescatable de la tradicionalidad: en la religión en cuanto fuente de sentido y consuelo, y en la concepción del arte y la literatura como una estética fundamentada en lo bello” (Habermas, en “La modernidad retardada”, 1965; parafraseado por Mancilla, 2001, p. 78).

⁴En los años ochenta del siglo XX, los regulacionistas franceses sentenciaron que, en la nueva fase de acumulación el capital, para garantizar el relanzamiento de la acumulación, se requería de un espacio global, dejando atrás el tema de la economía nacional y el estado nacional del bienestar de apellido europeo (Aglietta y Orléan, 1990; Boyer, 1992).

⁵La cultura como expresión colectiva de los modos de producción y reproducción de los hombres y los patrones de comportamiento adquiridos y socialmente trasmitidos a través de representaciones simbólicas. Comprende las costumbres, tradiciones y el lenguaje.

⁶Habermas señala el paralelismo existente en las epistemologías de Wilhelm Dilthey y Charles Sanders Peirce acerca de las relaciones entre ciencia y contexto vital, y su relación con una praxis vital (López, 2008, p. 421).

⁷La ciencia como “un conocimiento comprobable, desde el punto de vista lógico, obtenido mediante procedimientos fundamentados y repetibles” (G. Sartori, citado por Lazo Cividanes, 2006, p. 32). Sentido por el cual la ciencia es empírica, por el cual trabaja con hechos, busca regularidades, es objetiva (o pretende serlo) y se exige a sí misma que tal conocimiento sea válido y fiable. Los datos con los que trabaja la investigación empírica, asimismo, provienen de la experiencia, que es la única que puede decidir la veracidad o falsedad de un enunciado científico (Karl Popper, 1980, p. 39; citado por Suárez-Íñiguez, 1995, p. 11). Sin embargo, también la objetividad del conocimiento proviene de saberes comunes o populares experienciales (espiritual y socialmente), y repetitivos con relativo éxito en su teleología.

⁸Por eso, sólo el cristianismo tiene un sacerdote muerto, resucitado y viviente en un oráculo celestial (BRV, 1960).

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