Por: Naid Núñez Castillo
Lideresa social y ambiental (Veeduría CASA). Activista política en temas de mujer y género. Fotógrafa de flores y orgullosa mamá
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Angélica, es una joven arquitecta que ha decidido optar, como rutina de vida, el uso de la bicicleta. Ella acude a sus actividades y diligencias en este transporte amigable con el medio ambiente. Para tal fin, se viste cómoda, con ropa adecuada para transitar con agilidad por las calles de la ciudad; eso sí, con una actitud prevenida, de tal forma que guarda su celular y dinero en un bolsillo oculto de la pretina de su pantalón, prefiriendo realizar sus vueltas, en la medida en que su actividad se lo permita, en un radio cercano a su sitio de residencia en el barrio San Alonso. La semana pasada, Angélica se alistó temprano y salió, en su caballito de acero, a realizar unos pagos a unas cuantas cuadras de su casa. Ya cerca de la oficina de multiservicios, fue abordada por dos hombres, quienes, aprovechando una pequeña parada de seguridad vial, la amenazaron e intimidaron para que les entregara todas sus pertenencias de valor. Al ver que no llevaba bolso, procedieron a esculcarla y manosearla, hasta encontrar el celular, el dinero y un reloj, no sin antes expresarle palabras morbosas y ultrajantes, llevándose el botín en la completa tranquilidad que ofrece la falta de seguridad del sector.

Caso similar vivió Caro. Ella es una hermosa chica profesional, con un carácter fuerte y osado, sin temores y con mucho conocimiento de la ciudad, que, en estos tiempos, donde transportarse en moto hace parte de la rutina de muchas mujeres y familias, ella utiliza la suya como domiciliaria, recorriendo cada rincón de esa parte de la comuna del barrio Provenza, para ganarse unos cuantos billetes. En su rutina laboral, son muchos los momentos en que debe esperar en aceras y puertas, hasta ser atendida. Esta fue la razón para que, hace unos días, en su actividad laboral por el sector, detuvo su moto, bajó el pedido y llamó a su cliente, para cumplir de manera responsable con su diligente cometido. Estando allí parada, en fracción de minutos, y muy a pesar de su habilidad para tener todos los sentidos alertas ante la inseguridad, fue sorprendida por los delincuentes, quienes se movilizaban también en una moto. Al notar la actitud defensiva de Caro, procedieron a golpearla varias veces, en estómago y rostro, la tumbaron y le arrebataron su celular, que hoy en día es fundamental como instrumento de trabajo, junto con el dinero que mantenía para el normal trámite de sus domicilios. Ella, con total indignación, cuenta que algunas personas le dijeron, posterior al hecho: “es mejor dejarse robar”, frase que da sentido al lenguaje de derrota que manejamos ante el hampa, que acecha sigilosa en cada esquina, esperando la ocasión para embestir.

Estos dos casos de inseguridad recientes, de mujeres amigas, son sólo una pequeña muestra de lo que está sucediendo en materia de seguridad en Bucaramanga y su área metropolitana, donde se ha incrementado de manera exponencial todo tipo de hechos delictivos, siendo las mujeres, sin lugar a dudas, quienes hemos quedado mayormente expuestas. Hoy, bajo la absurda sombra del mal llamado “Plan Candado”, y la incapacidad de los gobiernos locales y las autoridades policiales, se cierne un manto de percepción negativa y temor colectivo por la incompetencia de las alcaldías metropolitanas para garantizar la vida e integridad de los ciudadanos, y la protección de sus bienes.

Mientras la criminalidad avanza, Angélica, Caro y todos los habitantes del área metropolitana nos sentimos agobiados e inseguros, víctimas de la falta de políticas integrales que desmonten las causas del problema, y sean tierra abonada para que cada día prosperen más hechos delincuenciales, que llenan las páginas de diarios y redes. Ya no es extraño leer sobre hurtos a personas, residencias, transporte público, negocios o empresas, sobre extorsiones, sicariato, abuso o acoso sexual, sin discriminación alguna de estratos o comunas.

La seguridad es responsabilidad de todos, y colocar sobre la mesa los casos que han afectado directamente a nuestras familias, o al círculo social próximo, es una manera de apersonarnos para encender el radar y afinar el olfato de ciudadanos. Para no dar nuestro brazo a torcer, ni facilitar que la delincuencia se tome nuestras ciudades, y terminemos siendo presa fácil de las circunstancias: máscaras, cascos, tapabocas, chaquetas, son ahora cómplices silentes de todos aquellos que los utilizan para fines perversos. Por eso, alzamos la voz para que el gobierno departamental y el municipal, y las autoridades policivas, multipliquen sus estrategias contra el crimen y garanticen el derecho constitucional a nuestra vida, bienes y honra.

Hoy, Angélica y Caro representan a cualquier miembro de su familia, amigos o vecinos. Ellas están vivas y cuentan la historia; de alguna forma se protegieron ante el embate delincuencial. Pero ese, lamentablemente, no es el epilogo de todas las experiencias. Nuestro llamado es a darle prioridad a la vida, justo ahora que nos encontramos más frágiles, ante la incertidumbre e incompetencia del gobierno local. Nos queremos vivos y en absoluto bienestar. Ese debe ser el verdadero propósito de la gobernanza, la respuesta efectiva a la demanda ciudadana de seguridad.