Por: Armando Romero
Poeta, narrador y crítico literario. Doctorado en Pittsburg. Profesor de la Universidad de Cincinnati
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Nada hay más comparable a la naturaleza que la poesía de Enrique Molina. Este adjetivo, que al parecer de algunos iría mejor con la obra de Pablo Neruda, define bien la fuerza con que Molina enfrenta el poema, la imagen. La naturaleza en Neruda está domesticada, puesta en función del poeta como centro. En Molina es un golpe de viento que levanta olas, las cuales forman la metáfora, el verso, el poema, que se afirma en lo inusitado, en la pasión de un amante que se consagra en el otro, ya sea la mujer amada y deseada, o el lector que la ve estallar contra sus mismos ojos, abriendo puertas a nuevos abismos de belleza.

Es así como llegó la palabra de Enrique Molina a mis barrios polvorientos de Cali, en la vieja Colombia de siempre, violenta e impredecible. Era la Antología de la Poesía Viva Latinoamericana (1966) de Aldo Pellegrini que la traía, junto a una pléyade de excelentes poetas, que el ojo visionario de Pellegrini enseñaba a América Latina. Pero no fue sino hacia el otoño de 1973 cuando la suerte, esa vieja amiga de lo fortuito, me puso frente a la puerta del poeta en su casa de la calle Florida, creo no equivocarme, en Buenos Aires. Era un edificio viejo, elegante. Edgar Bayley, mi gran amigo de siempre, había llamado por teléfono al poeta para concertar mi cita. Eran cerca de las 8 de la noche. Yo pensaba lo que le iba a decir al poeta apenas abriera la puerta. Pero no, lo hizo su esposa y me dijo que esperara un momento. El poeta estaba en su estudio y debía decirle que yo acababa de llegar. Luego de un breve intervalo reapareció la señora y me dijo que podía pasar. Por un pasillo llegué a una puerta. Ella la abrió y entré. No puedo decir que fue sorpresa, más bien fue un golpe de lo inesperado. El poeta estaba sentado en un escritorio de caoba oscura, con la mirada fija en mí, su pelo blanco contrastaba con lo oscuro de su traje. Pero, a mi vista, era un hombre inmensamente pequeño, diminuto, ya que detrás de él estaba con su rostro alargado, su gran sombrero de copa que tocaba el techo, su levita de inmensos botones, sus guantes blancos, gigantesco, “el espantapájaros” de Oliverio Girondo. Yo sabía de oídas que este inmenso ser de la poesía y sus delirios, años antes se había paseado por el centro de Buenos Aires anunciando la salida del libro así titulado de Girondo. Por supuesto que no pude unirlo a esa realidad. Fue sólo cuando Enrique Molina, con gran sonrisa, me lo presentó con una venia. Extraña paradoja que preparó el poeta para recibirme, quiero pensar. Él, cuya figura vigorosa, marcada por el sol de los mares, tenía siempre tendencia a imponerse, quedaba ahora reducida a ser la del poeta niño frente a la imaginación de Girondo.

Fue una noche hermosa, un paseo por los poemas de amigos conocidos y admirados. Su fervor por la poesía de Juan Sánchez Peláez, su cariño entrañable por Eugenio Montejo, Jorge Gaitán Durán, Fernando Charry Lara. Por un momento se detuvo y me preguntó por Álvaro Mutis. “No conozco su poesía”, me dijo. Esto me sorprendió y le dije que su libro “Los elementos del desastre” había sido publicado en Buenos Aires, Losada, 1953. “No, siguió, sólo supe de él por las notas de Octavio Paz y ahora por la relación que establece Guillermo Sucre entre él y yo en su libro “La máscara y la transparencia”. Al despedirme, cuando me estaba firmando algunos de sus libros para regalármelos, le pedí por favor que me diera algunos para enviárselos a Mutis y que yo le traería luego una copia del libro de Mutis en Buenos Aires, que yo había comprado en las calles de esta ciudad hacía unos días.

De regreso a Caracas, donde yo vivía en aquel entonces, le envié los libros a Mutis, con la dirección de Molina y el pedido de que él quería leer otros de sus libros. Una amistad creció en ese momento, y pocos años después Molina visitó México y se encontró por primera vez con Mutis. El mismo Mutis me contó algo singular que pasó en ese encuentro: “Estábamos sentados en la sala de mi apartamento, bebiendo un buen escocés, cuando Enrique, al poner sus manos entre los cojines del sofá, encuentra algo y sorprendido me lo muestra. Es un pájaro de múltiples colores, esplendentes, muerto. Yo no podía saber de dónde venía este pájaro, ya que Carmen y yo nunca tuvimos pájaros en casa. Era un misterio que se quedó sin resolver. Sólo la poesía.” Poco tiempo después Molina publica su poema “Crónica de un encuentro con Maqroll el Gaviero”. Cito un pequeño fragmento:

La sagrada savia de México subía

por las piedras hacia el corazón de los dioses,

y de pronto

un loro fulminado cayó sobre el sofá, junto a Maqroll,

una joya de las constelaciones,

un indescifrable mensaje, una ofrenda en el

viento inmenso.

Este poema, publicado en la revista bonaerense Crisis, en 1976, cayó en mis manos y para cerrar el círculo se lo envié de inmediato a Mutis, quien no lo había visto todavía.

Volví a ver a Enrique varias veces en Buenos Aires en esa ocasión de 1973 pero los tumultos que se levantaron con la muerte de Allende ese año, la llegada de Perón a Buenos Aires, y los vientos de violencia política que se sentían por toda la ciudad, hicieron estos encuentros fugaces, de ocasión. Fue en Guadalajara, a comienzos de la década del 90, cuando coincidí con él invitados a la Feria del Libro en esa ciudad. También estaban presentes Ludwig Zeller, Eliseo Diego, Álvaro Mutis y Ernesto Cardenal, entre otros poetas importantes. Era una reunión donde Cardenal recibía grandes elogios de los poetas mexicanos, entre ellos Jaime Labastida. Recuerdo la indignación de Mutis al ver que poca atención le prestaban a Molina. “Aquí está uno de los más grandes poetas de siempre en América Latina y esta gente ni siquiera se da cuenta”, me decía disgustado.

En 1994 visité Buenos Aires y quise ver a algunos de los poetas amigos sobrevivientes para aquel entonces. Francisco Madariaga y Enrique Molina eran los únicos. Ambos estaban convaleciendo de múltiples dolencias, graves. Molina me recibió en su apartamento y su esposa Genoveva, a quien yo ya conocía de México, fue muy atenta pero le advirtió a Enrique que ella me iba a brindar un escocés, pero él no podía tomar. Nos bebimos toda la botella, fue lo que fue.

Le pregunté por el “espantapájaros”, dónde estaba. Me dijo que en un depósito, comido por los insectos, abandonado. Él nada podía hacer. Ya no le pertenecía. Así como su novela sobre Camila O´Gorman, robada, plagiada. Por un rato se quedó en silencio. Y de pronto fue todo un chispear de viva luz sus ojos y se bajó un buen trago de escocés. La tormenta había pasado.

Entonces me habló, con su voz fuerte, tronante. Me habló de Buenaventura, esa tierra de nuestro Pacífico colombiano poblada en su mayoría por negros. “Soy racista al revés, me dijo, odio a los blancos”. Esa tierra de “Alta marea” donde los amantes antípodas se encuentran y el mar los separa. Me habló de los pájaros, de esas gaviotas que siempre cruzaron su cielo. De esa arena oscura que toca el Pacífico en las regiones del trópico, del calor en las noches y el baile en los prostíbulos. Del cuerpo de las mujeres. Del mar y sus transformaciones. Y “esa es mi ciudad, Buenaventura. Yo no soy de Buenos Aires, esto es un accidente. Soy de Buenaventura”, me repetía. Y así como el hielo se iba diluyendo en nuestros vasos, el poeta Enrique Molina, frente a mis ojos, se iba diluyendo en poesía. Su voz era cada vez más fuerte, era un canto, un brotar de imágenes enredadas en las lianas, en los manglares de mi infancia, cuando yo había visto con mis propios ojos de dónde surgía este manantial. Como pude le hablé de Cajambre, de los ríos y la selva. Y todo era ahora un ritual acuático, un correr de savia marina. “Todo fulgura como un guijarro de Dios sobre la playa”, había escrito.

Ya en la puerta del ascensor (Genoveva había conseguido terminar este encuentro) el poeta me tomó del brazo y me dijo: “Es la poesía, es el amor, lo sabemos bien. Está escrito.”