Por: Gonzalo Jiménez R.
Consultor de Indepaz
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Una de las definiciones más comunes de la democracia en Estados Unidos, es aquella que dice: un dólar, un voto, en tanto es la capacidad de recaudar fondos para una campaña, sobre todo hacia la presidencia de la república, lo que más incide en los resultados finales. Por ello, las elecciones en Estados Unidos suele ganarlas un multimillonario, del tipo Joe Biden, demócrata, o Donald Trump, republicano, quien a su vez, permite que los grandes consorcios empresariales, manejen los recursos públicos, en especial los impuestos que pagan la clase media y los trabajadores, nativos e inmigrantes. En Estados Unidos, los derechos son garantizados a plenitud solo si una persona tiene cómo adquirir costosos seguros de salud, educación o vivienda, o, tiene cómo pagar elevadas cuentas por el acceso a servicios básicos de transporte, energía, agua potable y saneamiento. Los impuestos suelen ser utilizados en sostener sobre todo el enorme aparato militar de USA y la burocracia estatal federal y otro enorme volumen de su gasto proviene de las rentas extraídas a economías emergentes, subdesarrolladas, proveedoras de materias primas o simples centros de negocios libres de impuestos.

Pero, a pesar de sus visibles signos de decadencia, USA todavía es mostrado como el mejor ejemplo de democracia en la historia de la humanidad, cuando menos de democracia económica. El dólar aún es considerado como la divisa con la que por excelencia se hacen las transacciones en todo el mundo y la ayuda del Tío Sam, en la extraña forma de cooperación internacional, que es más bien el camuflaje del condicionamiento de USA al resto de economías en el mundo, es esperada con anisa, como la formula ideal para salir de la pobreza y entrar al exclusivo club de los países más ricos del planeta.

Lo que no se dice es que USA está agotando a pasos acelerados sus propias reservas, está consumiendo su histórico ahorro, que no ha sido más que la exacción de capitales de buena parte del orbe, está sobrecargando su endeudamiento interno y externo y está concentrando sus inversiones en renglones económicos que no son los mayores generadores de empleo de calidad en el mundo, como el comercio, el entretenimiento, la minería y la especulación financiera.

Al ritmo que va su economía, USA pronto tendrá balanzas comerciales deficitarias con países con los que antes era exportador neto, su moneda no será la divisa con la que por excelencia se comercie internacionalmente, su déficit fiscal superará cualquier posibilidad de gasto interno, tanto en funcionamiento como en inversión, la inflación sobrepasara topes nunca vistos en su economía interna, el desempleo o el empleo informal y de baja calidad será la constante, y el crecimiento económico girará en torno a la tecnología y la industria militar, sectores en los cuales cada vez tiene mayores competidores, más eficientes y sólidos, como China o India.

En 1929 ocurrió la gran depresión económica en USA, fenómeno que fue resultado de la crisis mundial desatada por la primera guerra mundial, 1914 -1918, y al mismo tiempo, causa de la segunda guerra mundial, 1939 – 1945, que daría como resultado el ordenamiento geopolítico y económico del mundo en torno a la potencia imperial de Estados Unidos, en un ciclo corto de 30 años conocido en la historia de la humanidad, como el ciclo del gasto, sobre todo del gasto social y en infraestructura, y de elevación de la demanda de los consumidores medios y pobres.

Pero este ciclo treinta añero feneció a mediados del siglo XX, cuando se decidió que la economía mundial fuera manejada por las todo poderosas entidades del Fondo Monetario Internacional, FMI, el Banco Mundial, BM, (Al principio Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, BIRF) y la banca central de los Estados, en algunos casos como en el de USA, de índole privada; las cuales tendrían como principal objetivo mantener una estabilidad cambiaria, con el propósito de sostener un dólar sólido, regular el comercio internacional, controlar el crédito bancario para que los déficit fiscales no fueran obstáculo para pagar las deudas y, en últimas, hacer que la economía de USA y sus principales satélites europeos y asiáticos, tuviera crecimientos continuos.

El ciclo del gasto feneció y se inició el ciclo del crédito, dando paso a la era del extremismo monetarismo, confundido a menudo con libertarismo económico, y los Estados se vieron abocados a vivir sometidos al endeudamiento con ajustes fiscales internos, que limitaban sus posibilidades de garantizar derechos, contribuir al crecimiento económico y expandir negocios.

Ahora, el ciclo del crédito, o mejor del monetarismo a ultranza como eje económico, se está agotando, pero este agotamiento ha llegado de la mano de autoritarismos del tipo Milei en Argentina o Trump en USA, que a la manera de los experimentos neoliberales de Thatcher en Inglaterra, Reagan en USA o Pinochet en Chile, pretenden constituirse en los modelos salvadores de unas economías que naufragan por culpa de privatizar la totalidad de la vida de las personas y buscar el agotamiento de los recursos naturales o del patrimonio ambiental de la humanidad.

Resolver favorablemente la disyuntiva entre la defensa de la vida o su eliminación rápida del planeta, es el reto al que se enfrentan hoy la totalidad de pueblos del mundo, que no unos gobiernos dóciles, indolentes y funcionales al gran capital, reto que hasta ahora vemos que se asume entre las posibilidades de erigir democracias o ser esclavizadas por autocracias.

Colombia no es la excepción y la actual coyuntura política será una gran oportunidad para delinear una ruta que contribuya a la consolidación de un Estado social de Derecho, como está consagrado en la constitución política de 1991, o, regresar a un pasado en el que la democracia se reducía al cambio de personas con rótulos partidistas diferentes, quienes a su vez eran puestas al mando por conglomerados familiares que han hecho del erario público su más apreciado botín y su particular tesoro.