
A la hora de escribir esta columna, Miguel Uribe Turbay seguía en la unidad de cuidados intensivos (UCI) de la Fundación Santa Fe de Bogotá, con pronóstico reservado y en estado extremadamente crítico.
En primer lugar, sin remilgos de ninguna clase, voy a decir que detesto la opción violenta, y sobre todo armada, para enfrentar a un adversario; rechazo hasta los tuétanos el atentado contra la vida de cualquier persona, en este caso la de Uribe Turbay. En este país estamos hartos de asesinatos aleves y de otras mil y una formas de esa crueldad, que emerge de la cobardía, la bastardía y la incapacidad.
Queda dicho lo que iba a decir. Lo que no voy a decir es que Miguel Uribe Turbay es un prohombre, un héroe, una f igura descollante del pensamiento político colombiano; no voy a decir que el país esperaba la madurez de ese árbol frondoso de ideología y productividad, que era lo que presagiaba la semilla precoz de Uribe Turbay, despuntando hace varios años sobre el barro enriquecido de su casta familiar, cuando aún era un novicio de la política, consentido de las clases privilegiadas, mecido en las cunas de la burocracia, durante la alcaldía desastrosa de Peñalosa.
No voy a decir que con Uribe Turbay se daría la reivindicación de nadie, se iría a producir la revolución de nada o se consolidaría el proceso de ninguna cosa, porque si algo había demostrado este delfín de tercera generación, era su desprecio por lo popular, su grosería intelectual, su altanería oligarca, su oportunismo desabrochado y sus devaneos fascistoides.
No voy a decir nada de eso porque Miguel Uribe Turbay fue el que dejó para la posteridad su frase: “¡Hijueputa, ganamos, sí!”, con su rostro desencajado de patológico frenesí, en el momento en que celebraba la muerte de la reforma laboral, que resucitaría al tercer día.
Es este mismo personaje jactancioso el que avaló, como secretario de gobierno de Bogotá, en 2019, un comunicado oficial que decía, entre otras barbaridades, que “si Rosa Elvira Cely no hubiera salido con los dos compañeros de estudio después de terminar sus clases en horas de la noche, hoy no estuviéramos (sic) lamentando su muerte”.
Este mismo proyectado presidente, el que, ante el asesinato de Dilan Cruz en el estallido social, en Bogotá, sacó nuevamente a relucir su cinismo, con otra turbayada: “el disparo iba hacia otro objetivo y en la línea de fuego se atravesó Dilan”.
Es este mismo personaje el que ha atacado con inquina y sin argumentos todos los proyectos de ley que han pasado por el congreso, buscando reivindicaciones populares, el que ha intentado capitalizar el dolor, el horror y la muerte de varios colombianos, para hacer política a su favor, como lo hacen hoy sus copartidarios con su propia tragedia.
Nunca debió ser atacada la vida de Uribe Turbay, como no debe serlo la de nadie, pero por razón de un atentado tan salvaje, no tenemos que caer en la hipocresía clásica del arribismo colombiano de maquillar sus defectos y desatinos por causa de su dolor y por designio de la hipócrita y culposa moral judeocristiana. Habrá quienes, identificados con su ideología y su proceder, estén de acuerdo con él y alaben de todas las formas posibles su trayectoria: están en su derecho; pero, en lo que a mí concierne, eso es lo que no voy a hacer ni a decir.




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