Por: Sergio Cadena
Abogado, Universidad Externado de Colombia. Posgrado en Derecho de trabajo y ciencia política, Universidad de París. Ph. D. en Conducta humana, Newport University. Litigante y profesor universitario retirado
Leer Revista Encuentros #49 completa

Ordenar libros y revistas, que añejamos en nuestros estantes, resulta ser una actividad lúdica que, a su vez, implica manifestación del derecho de crítica. Muy en privado, la decisión de descartar un volumen, cambiarlo de lugar y hasta proceder a su lectura o relectura, implica una opinión actual sobre su validez, veracidad e importancia, lo cual viene siendo, en resumen, la definición de crítica.

Un quehacer placentero, pues, así no se muestren resultados, perder el tiempo trasteando impresos descarga recuerdos, revive pensamientos y da la sensación de cambiar el mundo.

Las bibliotecas, hoy día, son físicas o digitales. Como corresponde a mi edad, la mía es ambas cosas. Así que leo en papel, como aprendí a hacerlo, y leo en computador, como el progreso me ha enseñado. Mitad y mitad.

En estos días, he estado dedicado a la sección física, encontrando dos textos especiales.

Uno, un libro heredado (no comprado) del filósofo Lin Yutang, publicado por Sudamericana en 1954. Por ese entonces, mi padre se dedicaba al comercio internacional e importaba libros, entre muchas curiosidades, guardando algunos para su propio disfrute. Seguramente fue él quien lo trajo a casa, pero no me cabe duda del beneplácito con que lo acogería mi madre, fuertemente influida por el abuelo, gran admirador de China.

El otro, un ejemplar del semanario Pekín Informa, de la época en que no se decía Beijín. Es el número 15 de 1974, en cuyas páginas 22 a 26 aparece un ensayo de Che Chün, a la sazón profesor de la Universidad de Pekín, sobre la condición reaccionaria del pensamiento de Confucio.

El aspecto lúdico de la actividad ordenadora se me ha fortalecido, recordando la feliz infancia en una casa con libros y la inquieta adolescencia siguiendo la Revolución Cultural.

Lin Yutang no era comunista, ni mucho menos. Pero era chino; tenía un profundo conocimiento de la filosofía clásica y la sagacidad necesaria para formular la hipótesis de la conquista de la felicidad a través de la “razonabilidad”, un concepto chino que no tiene el preciso significado que le damos en Occidente, pero que, por ser intraducible, lo llamamos así. Se trata de razón y, además, de sensibilidad. En mandarín, la palabra se compone de dos elementos, uno que alude a la naturaleza humana y otro, al intelecto eterno.

Desde el pensamiento confucionista, una persona feliz es aquella que comprende, a la vez, los sentimientos y la naturaleza del mundo, buscando el equilibrio en su vida.

Para el profesor Che Chün, el confucionismo y, especialmente, la doctrina del justo medio, son inherentes a la búsqueda de la restauración y mantenimiento del antiguo sistema esclavista. Por consiguiente, se estaría ante una especie de espantajo reaccionario, al que es menester combatir y descartar.

La argumentación del artículo que estamos comentando se centra en qué tan dialéctico es el confucionismo, pues, al parecer, Lin Piao, entonces recién defenestrado, había afirmado que lo era y, por ello, constituía un mérito muy alto en el desarrollo de la filosofía china.

Este tipo de discusiones “etiquetadoras” es común en la historia del pensamiento. Se amerita o demerita a alguien, según se le endilgue la condición de sofista o socrático, cristiano o herético, revolucionario o reaccionario, derechista o izquierdista… Paradójicamente, en los días que corren, dos teocracias, la israelita y la estadounidense, se desgañitan descalificando al régimen iraní, por ser, precisamente, una teocracia.

Pero, en realidad, esto de ponerle una etiqueta al otro, de polemizar con adjetivos, no tiene mayor interés, por cuanto lo que importa es cuán válida puede ser una proposición en sí, y no la escuela a la que pertenezca.

Por otra parte, Che Chün no parecía muy ducho en el manejo de las contradicciones. Así, citó al presidente Mao, señalando que los contrarios son “vivos, condicionales, móviles y se convierten el uno en el otro” y no están “muertos y petrificados”. Sin embargo, si se sigue esta concepción, por 22 ese proceso de conversión en el otro, el confucionismo (o algo de él) pudo formar parte del esclavismo y, luego, convertirse en elemento de la superestructura feudal o capitalista, así en un principio pareciera incompatible. Inclusive, podría resultar útil en un ámbito socialista. Contradiciendo la cita maoísta, nuestro articulista presenta a Confucio como fosilizado en el régimen de la compra y venta de seres humanos.

Vale la pena, entonces, analizar la validez de las proposiciones y su utilidad en cada época.

Confucio forma parte del pasado, sin lugar a dudas. Pero el psicoanálisis nos ha enseñado la importancia del pasado para estudiar el presente, pues en lo pretérito se encuentran los hechos que forman el inconsciente individual (Freud) y el inconsciente colectivo (Jung).

La validez del pensamiento de Confucio puede ser discutible y algunos de sus postulados incompatibles con la modernidad. No embargante, es poco aconsejable desdeñar su larga vigencia pedagógica y la milenaria observancia cultural que los chinos le han dado.

Piensa este modestísimo observador, que el fin de la Revolución Cultural implicó la apertura de una época de calma intelectual, muy provechosa para la reflexión. No quiere decir esto que, políticamente, la Revolución Cultural careciese de importancia, pero la historia de la humanidad nos muestra que, a los periodos de intensa actividad de las masas, siguen aquellos en los que, dialécticamente, los contrarios se convierten uno en el otro, es decir, se integran, dando paso a la evaluación de resultados y a la construcción social. Las revoluciones permanentes son un mito.

Como ya se ha insinuado, el pasado determina la actividad humana y, por más que la intensidad revolucionaria sueñe con eliminarlo, para construir un futuro diferente y plausiblemente mejor, él continúa integrado al inconsciente y disponiendo la actividad consciente.

Tal cosa parece haber sido comprendida en la China reciente, con los buenos resultados que serán objeto de escritos posteriores. Baste, por ahora, recordar las reiteradas visitas del presidente Xi Jinping a Qufu, la ciudad natal de Confucio, así como sus palabras, recopiladas en un libro oportunamente titulado La filosofía de Xi Jinping: inspirada en la milenaria sabiduría china (LID Editorial, 2021), donde, citando a Confucio y a Heráclito, recuerda que todo fluye y, por consiguiente, recomienda marchar siempre en la primera f ila de la época, pues las “discusiones acerca de lo correcto y lo incorrecto son como el transcurrir del tiempo y el relevo de los días y las noches, no tienen un criterio permanente. Lo que fue correcto ayer, no lo es hoy, mientras que lo que no es cierto hoy, lo será mañana”.

La teoría del “justo medio”, tan criticada por el profesor Che Chün, parece estar al orden del día en la China de hoy, bajo la versión del nieto de Confucio, Zisi (o Kong Ji), para quien la felicidad se alcanza viviendo entre “mitad y mitad”, como en una casa medio sencilla y medio lujosa. Así, en el Lejano Oriente, que tantos temen y a tantos fascina, se puede ser marxista y tolerar a los millonarios.

Una suerte de epicureísmo práctico que, a pesar del legado griego, no se ha conseguido aplicar en Occidente.

Una suerte de epicureísmo práctico combinado con platonismo, donde lo importante no es la celebración de elecciones generales sino el gobierno de los filósofos. En Occidente, obsesionado con poner a votar a los ciudadanos cada cierto tiempo y creer que eso es democracia, se permite que ignorantes gritones histriónicos gobiernen, o no dejen gobernar. Es lo que estamos viendo en el panorama mundial.