Por: Carlos Jaime Barrios Hernández
Ph. D. en Informática y Ciencias Computacionales. Supercomputación y Cálculo Científico y profesor asociado, UIS. Profesor adjunto, Universidad de los Andes. Investigador invitado, Instituto Nacional de Investigación en Informática y Automática, INRIA (Grenoble, Francia). @carlosjaimebh
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La tecnología dibuja la geopolítica, sin duda alguna. Para bien o para mal, y más en el sistema de civilización predominante, en el que no sólo garantiza un beneficio económico (así esa monetización garantice una ganancia que es mal distribuida), un mercado (para nada equitativo y transparente, pero al fin de cuentas transaccional), un poder militar, también se tiene una influencia “cultural”. El desarrollo tecnológico y sus beneficios y contradicciones, en su aplicación, no viene por sí solo, son necesarios procesos de conocimiento a diferentes niveles y escalas que, sin entrar en detalles, implican descubrimiento y concepción. A partir de estos dos sí puede hablarse de difusión de calidad de esos saberes, desarrollo, construcción, divulgación y todo lo que se deriva, incluyendo el mercado mismo, que, así no sea transparente, lo hace dinámico y serio. Claro, el mismo descubrimiento o creación, como procesos reconocidos, no pueden considerarse parte de los procesos espontáneos o instantáneos: la creación necesita tiempo.

Ese mismo tiempo que permite la reflexión, la interacción, el dar un paso atrás para ver el entorno, para evaluar lo realizado y también para que, en las complejidades del desarrollo tecnológico, más allá del mercado, dar saltos posibles. Por supuesto, esto implica no sólo espacios físicos, sino grupos humanos que ven los saberes, el desarrollo científico y tecnológico como aspectos que se miden más allá de las rentabilidades comúnmente indicadas y que sólo los consumidores al f inal tienen en cuenta. Y, si bien hay esos espacios y comunidades que permiten que la tecnología en sí se desarrolle para el bien humano, ante todo, hay otros que buscan el beneficio inmediato de un grupo, que al final lo vuelve insostenible en el tiempo, a pesar de las ganancias que a veces parecieran inmediatas y sus ambiciones irreales de autosostenibilidad (que, para los expertos de diferentes áreas, es un término esotérico, abusado y que en realidad, quien lo emplea, no conoce sobre flujos de sostenibilidad). Estos últimos espacios y comunidades son los que muchas veces se toman como modelos en regiones consumidoras, excusados en la necesidad y escasez, pero en realidad son motivados por la inmediatez de decisiones que, más que tomadas, son impuestas y no necesariamente obedecen a reflexiones sustentadas, ni mucho menos a objetivos realmente comunes.

Los ejemplos para seguir, se toman en lo que son publicitados o visibles en la actualidad, y no teniendo en cuenta el proceso y las decisiones tomadas para llegar a ser ese modelo por seguir. Una frase típica muy usada en el medio, por ejemplo, es hacer “el Silicon Valley de aquí”, utilizando el anglicismo. Olvidando que la región del Valle de San José y Santa Clara, en California, tuvo procesos de desarrollo de conocimiento, inversiones de decenas de años y una visión común de largo plazo, sin contar las visiones transformadoras, controversiales, poco rentables en el corto plazo, o los ejemplos que buscaron seguir y que siguen ahora (muchos se sorprenderían al leer un poco sobre los nuevos rumbos que el norte de California toma ahora, y también cómo otros lugares del mundo fueron los que inspiraron tanto los emprendedores como la comunidad en Silicon Valley). También, cómo otros lugares igualmente tienen modelos más interesantes a imitar y otros se han detenido en la vecindad, por decirlo de alguna manera, torpedeados por una mezcla de soberbia, incomprensión, visiones individualistas, avaricia y ausencia de una comunidad colaborativa más que competente. El problema de reconstruir lo que se ha destruido es que no sólo es más costoso, sino que, en términos de competitividad, que tanto les gusta usar a los que han tomado las malas decisiones, es que es mucho más costoso, monetariamente, en credibilidad, y hasta en términos ecológicos. Algunos, sin embargo, cuando hay alternancias y presiones, permiten esa reconstrucción, pero entonces se generan ciclos de construcción, destrucción y reconstrucción que dificultan cualquier avance significativo, y es la periodicidad de nuestra vecindad, que segrega y estanca.

Lamentablemente, la segregación y el estancamiento dan comodidad y garantizan privilegios. En contextos como el nuestro, hay una élite visible, un poder invisible y unos privilegiados, en medio de toda la inequidad, cuyo privilegio es estar un poco mejor que la gran mayoría, pero con la mayor angustia de perder lo poco que lo destaca y le da un escaso confort, pero no la seguridad de sentirse en bienestar, en realidad. De ahí sus opiniones mezquinas (que al leerlas o escucharlas no sólo sonrojan, avergüenzan y dan miedo), su clasismo, muchas veces racismo y su proximidad, que es difícil afirmar que es ideológica, con lo que se consideraría el opresor, pues también está 78 seguro que sus privilegios existen gracias a que hay otros por debajo de él (y otros que podrían estarlo). En todo caso, es la fuerza, el poder, lo que importa, y claro, cualquier acción que muestre esa fuerza y estar al lado del fuerte, así sea inmoral, es mejor que tener esa consciencia humana y perdiendo ventajas por, precisamente, ser consciente.

Lamentablemente, la segregación y el estancamiento dan comodidad y garantizan privilegios. En contextos como el nuestro, hay una élite visible, un poder invisible y unos privilegiados, en medio de toda la inequidad, cuyo privilegio es estar un poco mejor que la gran mayoría, pero con la mayor angustia de perder lo poco que lo destaca y le da un escaso confort, pero no la seguridad de sentirse en bienestar, en realidad. De ahí sus opiniones mezquinas (que al leerlas o escucharlas no sólo sonrojan, avergüenzan y dan miedo), su clasismo, muchas veces racismo y su proximidad, que es difícil afirmar que es ideológica, con lo que se consideraría el opresor, pues también está 78 seguro que sus privilegios existen gracias a que hay otros por debajo de él (y otros que podrían estarlo). En todo caso, es la fuerza, el poder, lo que importa, y claro, cualquier acción que muestre esa fuerza y estar al lado del fuerte, así sea inmoral, es mejor que tener esa consciencia humana y perdiendo ventajas por, precisamente, ser consciente.

El desarrollo tecnológico, a partir del conocimiento científico, no puede ser inconsciente. Dentro de los espacios académicos, se espera que las ciencias sociales y humanas logren reducir esa tecnocracia, mercantilismo y violencia, pero la consciencia humana no sólo se construye de teorías científicas y observaciones. No hay que ir muy lejos en la historia (o en la vecindad) para ver que una cosa es lo que espera (desde las ciencias sociales y humanas), y entonces afortunadamente la empatía y otros valores humanos (reales) se construyen desde las artes, e incluso el deporte (aunque este último no siempre). Entonces, igual, esos espacios de influencia y trascendencia desde el conocimiento son más complejos, en continua creación desde la consciencia humana. Y valoran desde el individuo hasta el grupo, mucho más allá que el cemento y la propaganda, entendiendo que el indicador más importante no es tan simple y está constituido por el impacto, la trascendencia y qué tanto logra influir e ir más allá de la resistencia en el tiempo.

La consciencia, desde las comunidades de conocimiento, permiten, con rigurosidad, darle los nombres que son a las acciones humanas. En ese proceso, igual los pares evalúan las conclusiones tanto de las reflexiones como el proceso, e impactar en lo que sería ese sentido común, a pesar de todos los miedos. El problema, sin embargo, es confrontar un abuso de poder, un acoso, un genocidio en una civilización monetizada y oportunista. Entonces la consciencia exige acción y, entonces, se entra a la discusión sobre qué acción podría ser contundente, desde la reflexión misma, a sabiendas que cualquiera puede ser considerada violenta, ser reprimida y hacer pasar del miedo al terror, fácilmente. Pero, aun así, las comunidades de conocimiento y los espacios universitarios son los llamados a no guardar silencio. Lo han hecho en el pasado y ahora la sociedad espera que no callen, a pesar de los privilegios y la comodidad.

Al iniciar la escritura de este artículo para Encuentros, iba a tratar principalmente sobre cómo en diferentes lugares del mundo (e incluso en nuestra vecindad) se han generado espacios de trascendencia de conocimiento donde el desarrollo tecnológico, como proceso y no como fin, es importante. Algunos, a pesar de los años, logran mantenerse como referentes, en continuo desarrollo y transformación, y otros sólo viven de lo que fueron algún día, pues la inmediatez, la monetización (no la valoración) y otras, por no haber logrado consolidar una visión compartida comunitaria, la cual hace que ante la soberbia e ignorancia de los tomadores de decisiones o la moda, sean débiles, se degradan, caen en una actividad mediocre, dirigida por un supuesto mercado, o simplemente han desaparecido. Pero, ante la decisión unilateral, contra cualquier sentido común (otra vez), y a pesar de las evidencias, no sólo se abusa de poder, nuevamente, sino también se mantiene una apatía de esos tomadores de decisiones, ante un genocidio. Otro más, que hará parte de la vergüenza de la humanidad y, sin duda, lo que más marcará esta civilización, a pesar de la propaganda para borrar u ocultar la responsabilidad, con la que cargan los unos, y la impotencia que tienen los otros.

Sin embargo, a pesar del giro del artículo, hay algo que es claro: el conocimiento y el desarrollo tecnológico trasciende de esa dimensión geopolítica y va más allá de la empleabilidad de los egresados, del confort supuesto de las élites académicas, la facilidad disfrazada de felicidad de los estudiantes y la rentabilidad. Los mismos académicos redefinen esa rentabilidad ante los retos ecológicos, por ejemplo. Los intelectuales (aquellos que son rigurosos, claro, y que entienden el valor de la comunidad), no pueden dejar de lado su consciencia y se preocupan ya por el bienestar, no por la oportunidad. La colaboración y la cooperación científica les ha permitido entender y conocer a los otros, y saben que es importante que las redes de cooperación tengan voz ante las decisiones tomadas por quienes, en su popularidad, creen que pueden hacer lo que quieran, incluso contra la misma consciencia humana y la vida. La cooperación y colaboración han permitido que, si bien los espacios se pierden por diferentes motivos, los humanos y las ideas no (pues se valoran), y que, de todas maneras, los procesos de desarrollo puedan ser retomados por la humanidad, difundidos y divulgados, despertando ese pensamiento crítico necesario, esa curiosidad, a pesar del terror y la violencia. El valor en la actividad intelectual y de desarrollo no es medible con indicadores de rentabilidad simples. Y la sostenibilidad involucra parámetros ecológicos y sociales que aún siguen siendo cualitativos e implican visiones más complejas y completas, mientras que la violencia y la soberbia, simples y llanas, sólo logran destruir.