
A mediados de febrero pasado, al tiempo que la derecha celebraba que Pepe Mujica y Jorge Bergoglio sufrían enfermedades muy graves, los progresistas latinoamericanos sentían que se les moría no uno, sino dos papas, dos hombres con sentimientos similares frente a los pobres, frente a las injusticias, frente a la decencia, frente al poder, incluso frente a la trascendencia teológica o religiosa del ser.
Mujica y Bergoglio son, en efecto, dos papas. El uno presidió una pequeña nación suramericana, desde la que logró que su voz liviana, y su ritmo lento al hablar, interesara al mundo entero. El otro, desde la pomposa silla de Pedro, sobre la piedra angular de la Iglesia más poderosa del planeta, sacudió las telarañas negras que el Opus Dei había dejado en el Vaticano, luego de un par de papados retrógrados y escandalosos.
Los dos, nacidos en países vecinos y hermanados por la historia del sur de América, que sólo la dividen las falsas fronteras, pero que conforma una única realidad, dicen verdades contundentes con palabras sencillas, sorprenden a los desprevenidos y conmueven a los advertidos; son dos aves de buen agüero que sufrieron, cada uno a su manera, la estulticia y la brutalidad de las dictaduras, y, aunque a Bergoglio se le encausó por la muerte de los curas Orlando Yorio y Francisco Jalics, de la que el mismo Pérez Esquivel lo exculpó sin ambages y la justicia lo exoneró, los dos, el papa Francisco y el Papa Mujica, hablan como si hubiera renacido el verdadero Jesucristo, el beligerante, el que defendía a los pobres, el que odiaba la arrogancia del poder y el despotismo de los opulentos, el que la misma Iglesia disfrazó de mansa paloma y de aquiescente con el oscurantismo y el vasallaje.
Los católicos fascistas nunca pudieron aceptar a un papa que no les ayudara a difundir sus falsas verdades, sino que hablara con las verdades de los otros, de los despreciados, los marginados, los humillados: “Cuando me encuentro con una persona gay, tengo que distinguir entre su ser gay y ser parte de un lobby. Si aceptan al Señor y tienen buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarlos?” En la otra esquina, Pepe Mujica decía: “El matrimonio gay es más viejo que el mundo. Dicen que es moderno, y es más antiguo que todos nosotros. Es una realidad objetiva. Existe. No legalizarlo sería torturar a las personas inútilmente”.
Para Francisco, “el consumismo es un enemigo de la generosidad”, y, sobre un asunto similar, Mujica, haciendo referencia a sus largos años de prisión, decía que “aprendí que, si no puedes ser feliz con pocas cosas, no vas a ser feliz con muchas cosas”. Y mientras el papa argentino señalaba a la soberbia como “la gran reina”, el papa uruguayo apuntaba en la misma dirección cuando decía: “El poder no cambia a las personas, sólo revela quiénes verdaderamente son”, en alusión a aquellos que se envanecen y se envilecen desde cualquier posición de autoridad, aún la más ridícula.
Bergoglio y Mujica son dos voces que nunca se van a apagar, porque han hablado con la verdad y esa es eterna: la verdad teológica de Francisco y la verdad política y pragmática de Pepe han acompañado al hombre desde siempre, y lo acompañarán hasta siempre, como ocurrirá con la imagen y el recuerdo de hombres buenos, justos y luchadores, como estos dos papas suramericanos.




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