Por: Carlos Jaime Barrios Hernández
Ph. D. en Informática y Ciencias Computacionales. Supercomputación y Cálculo Científico y profesor asociado, UIS. Profesor adjunto, Universidad de los Andes. Investigador invitado, Instituto Nacional de Investigación en Informática y Automática, INRIA (Grenoble, Francia). @carlosjaimebh
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Es cierto que la ciencia y la tecnología pueden ser nefastas, y, a diferentes escalas, el daño es siempre medible, y, por supuesto, entenderlo y asignar o asumir responsabilidades depende del grado de conocimiento que se tenga, para de alguna manera no sólo reconocer a los culpables y reparar a las víctimas, dentro de un marco de justicia, sino también aprender, deconstruir y reconstruir en comunidad esas reglas, que pueden ofrecer una prevención a esos usos de la ciencia y la tecnología. Pero, como lo dije anteriormente, es importante conocer.

La educación entonces adquiere una responsabilidad adicional, y es la encargada, de alguna manera, de enseñar a pensar. O dar las herramientas para que exista esa posibilidad de razonar y cuestionar. El conocimiento de base, llámese física, biología, química, historia, literatura¹, filosofía, la manera de poder expresar y abstraer ese conocimiento, a través de la descripción matemática, el lenguaje y el conocimiento medio y avanzado, desde lo que en Colombia denominamos colegios y liceos, hasta los institutos de educación superior, sean universidades o corporaciones que tienen esa responsabilidad, no sólo ante sus estudiantes, sino también ante la sociedad que está cerca de ella, y en la medida de que su escala aumenta (no sólo de manera horizontal, sino vertical), esa responsabilidad, ante el pensamiento y la razón, igualmente se expande, pues ya es una escala regional, continental y global.

Sin embargo, el papel de esa educación, necesaria para la vida, no para ser simplemente un elemento útil dentro de un sistema en el que los humanos son una cifra medible, parte de un capital empleable, con unas certificaciones que mayoritariamente le permiten (por pragmatismo y, hay que reconocerlo, por sobrevivencia) encontrar un trabajo rápidamente, seguir órdenes, y contribuir a una organización estable, apaciguada y que, sobre todo, soporte y garantice como individuo el deseo masificado de quienes se lucran groseramente con ese sistema de permanecer sobre ellos, es un papel de ocupación y utilitarismo. Las mediciones que se tienen en cuenta para definir esa utilidad en las instituciones educativas de ocupación y utilidad, se basa en cantidad de diplomas que existen, y que se dan, en la cantidad de estudiantes (hoy en día jugando a la inclusión en el discurso), cursos dados con el mínimo costo, sedes, edificios, empleabilidad, certificaciones corporativas, cantidad de instructores y enseñantes a mínimo costo (no maestros, profesores o científicos), posts en redes sociales, cantidad de presencia publicitaria y, por supuesto, la emancipación de la precarización. Aquello que involucre de alguna manera construcción de conocimiento, impacto, trascendencia, creación, cuestionamiento y responsabilidad, que en algunos benchmarks (que se derivan en rankings o listados) pueden considerarse como elementos de calidad y generar otro tipo reconocimiento, puede ser incomodo y poco útil, sobre todo cuando implica dar un valor al nivel académico, respetar la intelectualidad, apreciar y contribuir a la responsabilidad, promover a la construcción y divulgación de saberes, más allá de la propaganda, distinguir la comunidad y sus dinámicas diversas de la comodidad y el estancamiento, y, sobre todo, al pensamiento crítico.

El triunfo de aquellas estrategias de estabilización puede verse en la sociedad de diferentes maneras. Algunos sociólogos, por ejemplo, lo ven en la decadencia cultural de las naciones, las cuales se vuelven hiperviolentas, toman decisiones contra los mismos individuos a las que pertenecen, justifican la opresión, están en continua competencia, olvidándose que precisamente los grupos humanos sobreviven gracias a la cooperación, desprecian el conocimiento y la intelectualidad, por supuesto, convirtiéndose en elementos desechables, cuando el conjunto de competencias o precio que tienen, va en contra de los intereses de quienes usan su existencia, o porque simplemente las cifras no cuadran. Claro, hay una ausencia de responsabilidad y crítica, y sí una búsqueda continua del culpable y de autovictimización para justificar acciones que, por supuesto llevan a la perdida de una supuesta comodidad que, en realidad, es inmovilidad. Los miembros de la comodidad académica, mayoritariamente como víctimas de un sistema basado en la ocupación y en busca de la estabilidad, tienden a no ser rigurosos, a la arrogancia y a ser increíblemente egoístas, y, si observamos en el pasado (y algunos ejemplos del presente), a pesar del conjunto de sus cualidades académicas y el conocimiento, los llevan a apoyar regímenes totalitarios.

En ese desprecio por la intelectualidad, el conocimiento y la ciencia, y, por supuesto, el temor ante la tecnología, surgen situaciones en las que conocer un poco, a pesar de la falta de solidaridad y empatía, ayuda a que la falta de pensamiento crítico al menos proteja sus bienes privados un poco, y se entienda que la destrucción no es lo mismo que la deconstrucción. Por ejemplo, a cuestionar una promoción (así se transfigure de difusión) y que, por supuesto, no existe lo esotérico y mágico en el uso de herramientas tecnológicas, para sacarle provecho y enriquecerse a costa de la ciega ambición basada en frustraciones y alimentada por desconocimiento, y que simplemente se trata de mezquindad y codicia. Una codicia que se aprovecha de la ignorancia y la credulidad de la gente, ante la oferta de suplir sus necesidades fundamentales y alimentar igualmente sus anhelos.

Lo interesante es que, a pesar de todo eso, la misma tecnología, que se usa para estafar o que se ignora, puede ayudar conociéndola un poco a entender, defenderse y, por supuesto, asignar responsabilidades (para impartir justicia, por ejemplo). Aunque para que este último paso es necesario asumir una posición crítica y cierta racionalidad, que va más allá de conocer, pero eso ya lo he discutido un poco, al principio, y profundizar no estaría tan riguroso como debiera ser, pues no soy especialista en el tema. En el caso de las criptomonedas, está estrechamente relacionado con blockchain (o cadena de bloques, en español). Sin entrar en definiciones tediosas, la criptomoneda permite realizar transacciones rápidas, eficientes y descentralizadas. Como su nombre lo indica, es una moneda digital que usa criptografía para proteger las transacciones, usando una infraestructura sólida y segura que proporciona blockchain. Siguiendo una función de oferta y demanda, y como se jueguen con ella, es lo que hace variar su precio, y es su principal similitud con el mercado de divisas. Nuevamente, sin entrar en tantos tecnicismos ni redundar en explicaciones, blockchain almacena la información de forma compartida y descentralizada, creando un registro único de copias sincronizadas simultáneamente, imposibilitando la manipulación de datos. En palabras sencillas, se puede entender blockchain como un libro electrónico público y abierto. El manejo y seguimiento de las transacciones (incluyendo la compartición de datos) por los usuarios (que pueden ser usuarios dispares), se maneja por un hilo de datos que se denomina bloque (de ahí el nombre), y ese manejo de registros digitales puede realizarse de manera abierta o controlada. En términos de monetización de la criptomoneda, se relaciona su precio a activos que pueden ser tangibles (una casa, autos, dinero en efectivo, propiedades, terrenos) o intangibles (propiedad intelectual, patentes, derechos de autor, marcas). La cuantificación depende por supuesto de la manera como se plantea el mercado, como en el mercado de divisas y las transacciones en las bolsas de valores.

La parte de manejo de operaciones financieras, incluyendo la especulación, es algo que abarca el estudio, la gestión y el control de capital que integran conocimientos desde las f inanzas, y los mercados públicos y corporativos, que estudian los economistas, estrategas de f inanzas (en nuestro país les llaman ingenieros financieros, en otros, licenciados en finanzas), entre otras áreas asociadas. Pero la parte relacionada con el soporte en sistemas distribuidos y soporte tecnológico es computación (en algunas de sus variantes, ya sea, por ejemplo, desde el punto de vista de infraestructura o desde el punto de vista matemático), y se trata desde subáreas, como los sistemas distribuidos, las bases de datos, la seguridad informática y la auditoria de sistemas.

Refiriendo únicamente a la infraestructura (aquello relacionado con la especulación y las operaciones financieras, en sí, implica una rigurosa interacción con otras áreas de conocimiento), es posible observar el comportamiento de las transacciones, segundo a segundo. Y es muy difícil (casi imposible) eliminar cualquier tipo de registro de la transacción o jugar con las palabras, creando falacias, para no descubrir quiénes y cómo hacen las transacciones, y quiénes se benefician con ellas, poniendo en evidencia el objetivo de la transacción. De ahí que, incluso el blockchain se usa más allá que en las criptomonedas, por ejemplo, en el seguimiento de elecciones, en la contabilidad académica (sobre todo en posgrados internacionales, tipo Erasmus en Europa o certificaciones digitales en plataformas educativas en línea, bien conocidas), en el manejo de datos científicos (como en el caso de datos biológicos y provenientes de laboratorios o instrumentos de investigación altamente sensibles) y hasta en sistemas implementados en ciudades inteligentes para el transporte público, cadenas de suministro en industrias, gestión de identidad digital y, por los cambios en la manera de emplearse de manera remota, en contratos inteligentes y seguimiento de actividades laborales.

La codicia de algunos y la educación de todos entra en una confrontación directa. El ejemplo del blockchain, sin entrar en detalles de la criptoestafa de los últimos días (y que dejare al lector buscar esos detalles, desde los dados por los protagonistas como los que analizan el caso, para que el lector saque sus propias conclusiones a pesar de palabras que parecieran ajenas, como rug pull y tokens), muestra la necesidad de entender y conocer una tecnología, para evidenciar malicia y responsabilizar. El blockchain no es una cuestión de azar (en los criptomercados tampoco lo es, claramente y gracias al blockchain se muestra que aquella mano invisible no existe y que se persiguen son objetivos monetizables y financieros), nunca un juego de casino. Pero para que ese tipo de situaciones pasen de lo desconocido a lo tangible, es necesario el conocimiento, la divulgación del mismo a diferentes escalas y la construcción de saberes para poderlos utilizar, incluso de quienes abusan de ese conocimiento, para ir contra nosotros mismos. Estando la información allí, lo importante es poder pensar y controvertir.

Para finalizar, y casi como un epilogo al presente artículo en Encuentros, ante esa fragilidad, en la cual un gran número de personas es idiotizado y utilizado, contribuyendo a la decadencia cultural, surgen preocupaciones ante el impacto y la transcendencia de los sistemas educativos implementados y que arrogantemente celebramos muchas veces. ¿Por qué se mantiene esa fragilidad y pareciera aumentar la idiotización y utilización? ¿Acaso los saberes impartidos no corresponden a una construcción de conocimiento y sí a la simple difusión para mantener un status quo, la comodidad? Hay una clara responsabilidad en las respuestas de estas preguntas.

Referencias


¹Incluso el arte en cualquiera de sus expresiones o más bien, en varias de sus expresiones, y aunque no estaría dentro de esa colección de saberes de base, el deporte mismo.