Por: Pablo Montoya
Escritor
Leer Revista Encuentros #47 completa

La figura capital del ensayo en el siglo XVI fue Michel de Montaigne. Lo es, sin duda, si se tiene en cuenta el carácter laico de sus textos breves que iluminaron las postrimerías de una época compleja. Lo es porque fue Montaigne quien se ingenió ese género que aborda la vida humana y sus terrenos aledaños desde perspectivas distintas a las que había propuesto hasta entonces la literatura. Sin embargo, antes de Michel de Montaigne estuvo Erasmo de Rotterdam. Y sin sus Adagios, para sólo citar un ejemplo de su vasta obra, la cartografía del ensayo renacentista quedaría del todo incompleta.

Cuando se leen los Adagios se asiste a un ejercicio portentoso de vuelta al pasado para pensar el presente. Erasmo enseña, con la interpretación de algunos decires de la Antigüedad y su proyección en la realidad sociocultural del siglo XVI, que existe continuidad entre las épocas y que el tiempo transcurrido, a veces, no es más que mera ilusión. En realidad, el comportamiento de los hombres, al menos frente a circunstancias como el poder, la guerra, la muerte, la enfermedad, no ha variado demasiado desde que los primeros griegos comenzaron a plantearse el enigma de lo humano, y las interpretaciones de los Adagios lo demuestran con amplitud.

Con ellos nos hundimos, asimismo, en el deleite que ofrece la literatura cuando se abraza con acierto a la historia, a la filosofía, a la religión. Pero, sobre todo, se devela lo que hoy llamamos la función del intelectual en un contexto en crisis. Se sabe que Erasmo fue uno de los protagonistas del humanismo de aquellos años en que el poder de la Iglesia se dividió y arrojó a Europa, apoyada en los ejércitos de sus señores nobles, a un vendaval de guerras insensatas. Para entonces los reinos se asomaban, trepidantes y entusiastas, a los inicios de una modernidad anclada en el capital mercantilista, en la fe cristiana y en los avances de los viajes interoceánicos, la geografía y las ciencias.

El panorama era de una pujanza económica incuestionable. Pero tal vigor dejaba tras de sí una huella de represiones y saqueos, de guerras y exterminios. Y es en ese contexto donde la voz de Erasmo se vuelve crucial. Surge para proponer un cristianismo menos intransigente y más tolerante, más íntimo y menos fanático. Voz que no estaba, además, ni con la reforma del Lutero incendiario, ni con la contrarreforma igualmente inflamada de los papas y la Inquisición. El hombre de Rotterdam abogó, más bien, por una neutralidad, comprometida con la paz, que hoy resulta de una actualidad admirable.

Hay un Erasmo que se ha marchitado inevitablemente. Mucho de lo suyo se escribió desde la fe de un católico letrado. Sus explicaciones de los Salmos y de los Evangelios, y las maneras como su pensamiento fue recibido en España y en América, son interesantes para el historiador y el especialista. Y ahí está, verbigracia, la monumental obra de Marcel Bataillon en la que se muestra una geografía a la vez vitalizada y asfixiada por el poder de la Iglesia. Las tres mil cartas que se conservan, de las veinte mil que escribió Erasmo, enviadas a autoridades reales y religiosas, a amigos y lectores, ayudan a entender el lugar que ocupó este hombre en la geopolítica religiosa de aquellos años. Pero son los Adagios, la Alabanza de la estupidez y la Querella de la paz lo que sigue conservando, dentro de toda su producción, un aire de frescura maravillosa.

Estas tres obras ofrecen vasos comunicantes. Está el tono elocuente del ensayista que, al mismo tiempo que ilustra con su erudición, convoca a la ironía y al humor, sin olvidar el horizonte ético y moral al que aspiran sus consideraciones. En ellas se revela, con una agudeza inigualable, el gran motor de la insensatez humana: el dinero y sus ansias de dominar a los otros. En tal rumbo, el gran blanco de las críticas erasmistas es el poder. Como en “El carro de heno”, uno de los últimos trípticos que pintó el Bosco, todos los estamentos en donde se ejerce aquel, desde los más altos hasta los más bajos, Erasmo los fustiga implacablemente.

La relación entre Erasmo y Bosco no resulta fortuita. Es, más bien, sugestiva y ejemplar. Ambas personalidades –la una, fruto del medioevo tardío flamenco; la otra, del inicio renacentista– debieron cruzarse en Hertogenbosch, ciudad en la que nació y vivió el Bosco, y a la que fue Erasmo a iniciar su formación teológica. Se llevaban entre quince y veinte años y es muy posible que los dos hayan entablado una amistad cómplice. En todo caso, las coordenadas de la risa y la burla en torno a un mundo al revés son ostensibles en el uno y en el otro. Entre “La nave de los locos”, “La extracción de la piedra de la locura” y “El prestidigitador” del Bosco y la Alabanza de la estupidez y muchos de los coloquios y los adagios de Erasmo se respira un aire ineludible de familia.

Si se enseñara en los colegios el magnífico libro que sigue siendo la Alabanza de la estupidez, y se lo vinculara con las facetas de la sandez contemporánea, la formación de las nuevas generaciones sortearía de mejor manera la alienación ubicua de nuestros días. Esa que sostiene las redes sociales y los medios de comunicación y la sociedad del espectáculo. La que penetra el populismo de la política, las intolerancias de las prédicas religiosas y la manipulación de las falsas noticias. En fin, aquella que prefiere la sumisión del rebaño y la guerra que la paz y la práctica de la libertad y la autonomía.

Quién sabe qué cara pondría Erasmo y de qué modo puntual reaccionaría su pluma ante figuras como Trump, Putin, Zelenski , Netayanhu, Milei, para sólo hablar de los más esperpénticos y viciosos hombres de poder de nuestros días. Quizás fustigaría con la misma inteligencia y el mismo humor contra sus personalidades aviesas, desbordadas y, en el fondo, ridículas. Los enlazaría, sin duda, con esos señores nobles de los reinos europeos que sólo pensaron en el dinero y se embriagaron neciamente ante el espejismo de la opulencia que suele otorgar el dinero y el de la vanagloria dado por las armas.

Quizás el texto más actual de Erasmo es la Querella de la paz. En este presente atribulado por la guerra –la de Ucrania contra Rusia, la de Israel contra los palestinos, los iraníes y los libaneses–, intoxicado por mensajes que quieren hacer creer que es necesario armarnos para enfrentar a enemigos que pululan, leer las opiniones de Erasmo sobre la necesidad de la paz son fundamentales. Un texto así, escrito en el escenario bélico del siglo XVI, ayuda a preservarnos de los guerreros. Y no sólo de los que están armados, sino de aquellos civiles que azuzan con su palabra, oral o escrita, las flamas del rencor.

Ahora bien, en Erasmo no hay interpretaciones frente al poderío militar como mercancía favorecedora del capital. Él no entiende la guerra como un avasallante mecanismo de mercado y opresión, que es lo que presenciamos hoy ante el lobby armamentístico. Una conclusión de este tipo, que resulta evidente para nosotros, vendría después cuando el capitalismo hubo de transformarse en el imperialismo neoliberal. Pero sí es clara, en la Querella de la paz, la relación entre guerra y mal. De allí que siglos más tarde Immanuel Kant y Lev Tolstoi, en sus textos respectivos sobre la paz y la guerra, insistan y profundicen en ese fenómeno vislumbrado por Erasmo.

Qué hacer con la guerra es también preguntarse qué hacer con el mal. ¿Enfrentarla e intentar desarmarla con las palabras? ¿Decirle un no rotundo así ella esté sostenida en fervorosas razones religiosas, en agudas explicaciones geopolíticas, en raciocinios justos del honor y la legítima defensa? ¿O escondernos de la guerra, alejarnos lo más posible de sus centros pútridos, y gritarle como alguna vez hizo Victor Hugo: ¡Escóndete maldita!? Erasmo diría, en todo caso, que el modo más eficaz de esconder la guerra, y así escondernos nosotros de ella, sería sacarla de nuestros corazones. Tal vez en este consejo, tan elemental como arduo de seguir, resida la actualidad de su pensamiento.

Madrid, noviembre de 2024