Por: Alberto López de Mesa E.
Escritor, titiritero
Leer Revista Encuentros #46 completa

El 7 de diciembre de 2024, poco antes de la tradición de prendida de velitas, en el atrio de la iglesia de Lourdes una larga fila de niños del sector recibía una bolsita con productos de la empresa PepsiCo: papas fritas, gaseosa, boliqueso y alguna otra golosina. Casualmente reconocí a un vecino, quien, parado junto a una camioneta con el logotipo de papas Margarita, era el que coordinaba las donaciones. Lo saludé y le dije bromeando que su empresa acabó con la merienda decembrina de natilla, buñuelo y masato. Entonces, se explayó en su perorata de mercado tecnista: “que, para la empresa, la época de vacaciones es buena, pero no es el pico más alto de sus ventas; que las donaciones son para posicionar la marca, ya que en la temporada escolar están los clientes que nos interesan…”

Ciertamente las industrias de empresas de alimentos empaquetados apuntan sus ventas a la población infantil, prioritariamente a los escolares. La amplia oferta de comestibles anodinos: frituras, galletería, repostería de migas, croquetas condimentadas, más variedad de confites, orientan su mercadeo hacia la niñez, aprovechando que por tradición en la cultura occidental las galguerías son inherentes a la alimentación infantil, como una suerte de lúdica para inculcarles el placer de comer. Así, en los parques, en las ferias, donde quiera que concurran niños y, por supuesto, en los entornos escolares, prestos han estado los vendedores de paletas, de algodón de azúcar, de raspao, de melcochas, de gelatinas de pata, de bolis, de conservas, de cocadas y etcétera de golosinas artesanales, hoy en día reemplazadas casi todas por los productos empaquetados y/o envasados de las grandes industrias de comestibles, las que además se han apropiado de productos de la tradición culinaria popular, es decir, expresiones del patrimonio cultural, y los patentan como propios de sus marcas. Por ejemplo, los bolis costeños ya son los BonIce, la gelatina de pata ya son masmelos, las galletas wafer son la versión light de las obleas: así mismo industrializaron las cocadas, los cortados de leche, las cucas, entre otras muchas fórmulas de la dulcería artesanal. Vale decir que esto ocurre en todo el mundo, y ha sido oficialmente adoptado por la aceptación masiva y porque, ante las veedurías de salud pública, las industrias “garantizan condiciones de higiene”.

El asunto empieza a alarmar por allá en el siglo pasado, cuando se comprueba que ácidos y azúcares de muchos dulces industriales ocasionan caries y deterioros graves en la dentadura. Después, se han venido descubriendo afectaciones en otros planos de la salud, por culpa de los preservantes, del tipo de grasas y colorantes usados en refrescos, bebidas y comestibles empaquetados, ya porque son abono de parásitos, porque propician y/o agravan la diabetes, lo mismo que varias afectaciones en el sistema digestivo, sobre todo de la niñez. No obstante, las empresas de comestibles publicitan sus productos con las imágenes de campeones del deporte, insinuando que sus productos son nutrientes, y, a decir verdad, se las ingenian para cumplir con la ley presentando, en la tabla de contenidos, impresa en el empaque y presentada ante las instancias de control, un listado de cualidades: que contienen tal y cual vitamina, tal sustancia proteica, cuando son lácteos, o con base en algún derivado cárnico, como las gomitas y las gelatinas.

Total, es que, entre el cúmulo de alimentos chatarra, muchos se han metido en la canasta familiar como indispensables. Por ejemplo, las hojuelas de maíz Kellogg’s se posicionaron en el desayuno de la clase media como un alimento de primer orden. Lo más inquietante, es que ya suplen la lonchera de los escolares y son principales en la merienda de los recreos en los centros educativos.

A finales del 2024, cuando el año estaba a punto de acabar, vi en redes la campaña “No comas más mentiras”, que adelantó el Boletín del Consumidor, con su personaje Tal Cual, junto con la fundación Red PaPaz y la organización para la defensa de los derechos alimentarios FIAN Colombia¹, para exigirle al Ministerio de Salud y Protección Social y al Senado de la República, para que regulen la presencia de comida chatarra en los entornos escolares y se sancione la publicidad engañosa con la que se posicionan tales productos.

Importante y valiente campaña, aunque, en realidad, es la presencia en las familias de una buena cultura nutricional, impartida desde las entidades promotoras de salud (EPS) –porque el sistema educativo ya está infectado–, lo que podría menguar el hábito compulsivo de ingerir galguerías industriales.

No es nuevo este debate y, a la larga, siempre han salido airosos los fabricantes y vendedores de comida chatarra, lo que demuestra que tienen cómo comprar decisiones del congreso y un gran poder en el mercado.

Insisto, la solución es que, desde los abuelos y con énfasis en los matrimonios jóvenes, se valore la comida tradicional, las coladas de plátano, las avenas, las tortas de espinacas, las arepas y demás productos de la tradición original, con la que nos nutrieron nuestros ancestros, para que con buen tino de abuela vuelvan estos verdaderos alimentos a las loncheras de las presentes generaciones, al menos como complemento verdaderamente nutricional, al lado de los imperantes empaquetados.

Referencias


¹Para mayor información, visitar: https://www.nocomasmasmentiras.org/