Por: Carlos Jaime Barrios Hernández
Ph. D. en Informática y Ciencias Computacionales. Supercomputación y Cálculo Científico y profesor asociado, UIS. Profesor adjunto, Universidad de los Andes. Investigador invitado, Instituto Nacional de Investigación en Informática y Automática, INRIA (Grenoble, Francia). @carlosjaimebh
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Ya inicia la segunda mitad del decenio entre 2020 y 2030, y tanto los temores como la fascinación tecnológica, a pesar de la incertidumbre geopolítica mundial, o más bien por esa precisa incertidumbre, a pocos días el 2026 ya formula aún más preguntas y también dan respuestas ante realidades fundamentales que nos hacen plantearnos nuestro papel como región (Latinoamérica y el Caribe) y como humanidad. Sin duda alguna, el conocimiento y el desarrollo tecnológico, así como su apropiación (y generación), nunca en la historia de la humanidad habían sido tan importantes. ¿Por qué? Para garantizar no solo competencias (usando un lenguaje comercial y políticamente correcto) y supremacía (que tanto gusta a algunos usar esta palabra), sino también la fuerza que puede dar la trascendencia, la autonomía, la madurez y la soberanía (para usar un lenguaje incómodo, políticamente y comercialmente incorrecto cuando se buscan consumidores, siervos (obreros no realmente) y seguidores), que no solo permite resistencias, sino también revoluciones (esta última palabra da miedo a algunos, olvidando que la sociedad existe gracias a esas revoluciones, como las mismas revoluciones industriales y científicas).

Sin embargo, a pesar de las buenas intenciones, digamos, de ambas posibilidades (aunque personalmente no estoy muy de acuerdo con aquella dirigida hacia competencias inmediatas, de moda y sobre todo políticamente correctas y en torno a supremacías), los acontecimientos demuestran que se trata al final de sobrevivir o mejor aún, de vivir (con dignidad) y sobre todo garantizando que la tecnología no solo mejore la calidad de la vida, sino que también la proteja. Yo, en lo personal y afortunadamente, muchos de mis colegas y otros que hacen parte tanto del sector académico como del sector productivo de América Latina, el Caribe, Europa, Asia y unos pocos de Estados Unidos de América, prefieren vivir (con dignidad) y proteger la vida, siguiendo vocaciones que para algunos podrían considerarse altruistas, pero que en lo simple viene de esa curiosidad y empatía humana. Otros, aunque lo entiendo, deciden sobrevivir y, aunque se benefician de los que se revelan y revolucionan viviendo y garantizando la vida, sus precios (no sus valores) lo llevan a sufrir no solo el desprecio, sino una existencia incoherente y, sobre todo, la desconfianza tanto de los demás como de si mismos porque sus competencias no son claras, no son propias, sino adoptadas por la moda. Y lo peor: los llevan a intentar imponer (con éxito muchas veces), volviéndolos expertos en la imitación, el abuso, el acoso y la discontinuidad.

En computación, si bien existen tendencias muy claras para 2026¹, los consorcios comerciales, los diferentes bloques geopolíticos y las regiones han decidido ir más allá de la simple preferencia o inclinación. Por ejemplo, se habla de pasar de la experimentación a la utilidad real, como reinventar la inteligencia artificial (IA), pero agregándole reglas sociales (¿un contrato social?) y entendiendo que una cosa es usar la IA y otra, desarrollarla. Precisamente, las universidades en el mundo son conscientes del caso de uso (la IA es un caso de uso, como técnica) y de lo fundamental (la computación como profesión). Y en ese orden de ideas aparece entonces lo disruptivo, como el uso sostenible de la misma IA, la responsabilidad en el despliegue de plataformas robustas de cómputo, la soberanía de datos, de procesos y flujos de trabajo (workflows), de aplicaciones, de conocimiento y el multilateralismo tecnológico (la geopolítica actual nos enseña que nuestros supuestos amigos y proveedores, en realidad, pueden ser nuestros peores enemigos y opresores). En ese contexto, países como Brasil y México han desarrollado acciones para contar con plataformas tecnológicas y chips de diferentes regiones: sin dejar de lado aquellas desarrolladas tradicionalmente en Estados Unidos y China, también implementan y despliegan tecnología india y europea, sin olvidar organización y arquitectura computacional propia (desarrolladas tanto de manera autónoma como en cooperación). Igualmente, se suma la computación cuántica útil², los sistemas computacionales modulares de múltiples escalas y niveles (dentro de un continuo computacional, definido por casos de uso y restricción de recursos que soporten el cómputo) y por supuesto, sin olvidar lo importante de la crisis energética en tecnología, pero también de agua en general, la implementación y avance en torno no solo a la sostenibilidad (ya lo he mencionado varias veces, no solo aquí en este articulo sino en otros en Encuentros), sino también a la acción frente a la intensidad de carbono (no solo la huella de carbono) y el ciclo de vida, más allá de cualquier obsolescencia tecnológica comercial y, claro, de modas de terminología en formación. En esto último, la autonomía, la independencia en el conocimiento, la responsabilidad, pues, un estudio a diferentes niveles no es una formación para el empleo sino también para la vida, y si bien principalmente se busca impactar el contexto inmediato, la computación es global y exige cooperación, no sumisión. Rigurosidad y calidad, y no simples certificaciones. Es por eso que el factor humano, y en general el factor vida, son importantísimos y plantean discusiones en las cuales no solo la multidisciplinariedad, sino también la transdisciplinariedad y el pensamiento crítico, así como la sociedad, juegan un papel importante.

Las diferentes regiones (incluyendo la nuestra en América Latina y el Caribe) son importantes y toman decisiones propias; la nuestra, aunque lo intenta desde la comunidad académica especializada, no es un secreto que, debido a la mezcla entre necesidades y ambiciones, el corto plazo (y allí cae la moda) y la irresponsabilidad, no logra ser lo suficientemente unida, existiendo grupos aislados, débiles y útiles a intereses que no necesariamente son los adecuados para la región, a pesar de ciertas comunidades existentes, que no solo están en la comunidad académica, sino también en aquella que podría considerarse sector productivo. En tecnología, en nuestro país, sobre todo, suele equivocarse mucho al definir el sector productivo como un sector de consumo. Por ejemplo, llamar a un call center una empresa de alta tecnología y otorgarle los beneficios tributarios que sí debería tener una empresa que desarrolla aplicaciones o implementaciones basadas en tecnología y conocimiento. En ningún lugar del mundo se considera una empresa de alta tecnología un call center porque, aunque utiliza herramientas digitales para gestionar llamadas y comunicaciones, sí, genera “empleo”; su actividad principal no consiste en desarrollar o innovar en tecnología, sino en brindar servicios operativos basados en la interacción humana; además, emplea sistemas creados por terceros y no realiza inversiones significativas en investigación y desarrollo, por lo que su ventaja competitiva depende más de la eficiencia operativa, el entrenamiento del personal, el bajo costo en la contratación y la calidad del servicio que de la creación de soluciones tecnológicas propias.

También está la cuestión de los roles, certificaciones y diplomas, que en el mundo tecnológico, son inválidos si no se soportan con conocimiento. Es así, como por ejemplo, un título de ingeniero, sino cumple con la rigurosidad exigida y el conocimiento fundamental de base y necesario, por más que tradicionalmente se haya dado en el país (y asi se certifique por un consorcio al que se le paga para ese sello, de una potencia extranjera de manera comercialmente clara), pierde su validación, como puede pasar con los títulos de ingeniero en Europa por decisiones altamente cuestionables. Por ejemplo, en Francia, la pérdida de la acreditación de un programa de ingeniería se produce cuando la institución no logra mantener los estrictos estándares de calidad que definen el título de “Ingénieur Diplôm锳.

Las causas principales incluyen la degradación del rigor académico (pérdida de la base científica), la desconexión con la investigación y la innovación, el incumplimiento de los requisitos de internacionalización y la falta de vinculación con las necesidades actuales de la industria a nivel global. Campus France alertó al respecto en varios espacios en los que participo en Colombia a raíz de los rechazos de diferentes instituciones francesas para validar ciertos titulos de ingenieros de algunas universidades colombianas y continuar el máster en investigación (Master Recherche 2), debido a la detección de estas fallas, lo que afecta la reputación y la validez oficial de varios programas, incluso de universidades que en históricamente contaban con ese reconocimiento. Es importante mencionar que ese proceso denominado “Validation d’Acquis”⁴ en francés, es autónomo de cada universidad pero siguiendo directivas nacionales del ministerio de educación superior, la investigación y la defensa asi como el marco educativo europeo. Al respecto, algunas universidades en Colombia, tanto privadas como públicas, han tomado cartas en el asunto, respondiendo a tiempo con la reversión de decisiones previamente tomadas que sacrificaban la fundamentación de un programa y aclarando algunos aspectos⁵.

El factor humano, entonces, como aspecto importante de la tecnología, y la vida como eje central (protección de recursos, ética biológica, protección de la vida y de su calidad) están entre las preocupaciones y tendencias importantes en lo que implica esta segunda parte del decenio 2020–2030. Como país y como región, no se trata de ponernos ante un panorama fatalista, pero si de asumir responsabilidades y por muy molesto que pueda ser para algunos, plantearnos metas como sociedad, como país y como región. Para ello, se deben asumir los roles (por ejemplo, las universidades y su comunidad, deben entender lo que es una universidad con la responsabilidad y actividad que implica, basada en la generación y desarrollo de conocimiento, con la riguridad que exige la ciencia, sin pretender ser otra cosa, los institutos de formación técnica y tecnológica igual, el sector productivo igual, pero en la diversidad, generar sinergias y enlaces de comunicación y desarrollo común, no jerarquías, pues son actores de un ecosistema con roles definidos), acabar con esa visión de corto plazo, de obediencia y comodidad ante supuestas monetizaciones, y pensar más en un desarrollo común y cooperativo (la competitividad no ha sido bien entendida ni implementada en la práctica), entender el valor del conocimiento, de las personas, la razón y la vida, más allá de precios y supuestos privilegios. Más allá de que a la gente se vuelva prescindible y desechable (una palabra detestable muy colombiana, lamentablemente). Esa arrogancia hacia la gente es lo que no solo frustra a estudiantes e ingenieros, sino que también desprecia y expulsa de las instituciones y de nuestro país muchas veces a un talento profesional altamente valioso, haciendo que se vea que el retener y oprimir a alguien de manera profesional, es emplearlo en nuestro entorno u obligarlo a irse como signo de desprecio, cuando en realidad, lo que se debería es buscar atraerlo para sacar adelante ideas y hacer cosas extraordinarias y maravillosas no solo para la región sino para el mundo. Y si está por fuera, establecer cooperaciones de beneficio común.

En un determinismo claro, las decisiones tomadas se reflejan (a pesar del maquillaje, muchas veces, y de la publicidad) en el tiempo. Aunque la tecnología parezca avanzar rápidamente, avanza a un ritmo en el que los productores y desarrolladores marcan el paso y los consumidores se ven obligados a seguir, muchas veces sin un ritmo claro, lo que compromete sus recursos. Sin embargo, ese progreso o retroceso no es lineal; en realidad, es un sistema dinámico con distintos ciclos posibles y variables.

La tecnología se adapta principalmente para mejorar nuestra vida y tiene una influencia importante en la organización social, llamándola en sí civilización. Aunque parezca que, ante todo (y más en la computación), el desarrollo tecnológico sea para generar ganancias a partir de necesidades creadas, fuerza bruta y opresión, la verdad es que nos ha permitido avanzar y expandirnos (con lo que esto implica). Quitando las etiquetas de productor y consumidor (e incluso de simple observador), las personas pueden tomar decisiones comunes para que ese factor humano afecte positivamente su vida con el uso de la tecnología, pero por supuesto con conocimiento y ética. En lo personal, soy optimista, pero en medio de la diversidad se requiere compartir algunas visiones comunes, e ir más allá del largo plazo y de la codicia. Se necesita comunidad, y mi optimismo se fundamenta en decisiones compartidas, tomadas en conjunto con colegas de diferentes países de América Latina y el Caribe, para formar parte de decisiones trascendentes e impactar a nivel global (participación que comenzó hace varios años, y a partir de primeros pasos dados por otros). También, en otros hemisferios se comparten visiones en torno a la humanidad y la vida, en tiempos de monetización y violencia. Y así como hay algunos que creen que estaremos subyugados (o ya lo estamos) por la tecnología, hay quienes ven en el conocimiento, la razón y la empatía los principales pilares para sostener un desarrollo tecnológico coherente como humanidad, para el bienestar, pues la subyugación viene de otros humanos, no de artefactos, principalmente por su avaricia. No voy a negar que son tiempos difíciles, pero existe la posibilidad de la fascinación y la construcción, no solo de terror y destrucción. Existe la posibilidad de la confrontación desde el conocimiento hacia quienes, sin conocer, toman decisiones que nos afectan a todos o, peor aún, conociendo pero sin sentido común (con imbecilidad). Solo hay que no olvidar ese factor humano que nos hace felices ante la vida, curiosos y comunitarios, asumir los roles y las responsabilidades, tanto las que se han aceptado por nuestra profesión o decisiones de vida, como las que son innatas, por ser seres humanos.

Referencias


¹Por ejemplo, la IEEE Computer Society resume muy bien algunas en https://transmitter.ieee.org/iot2026/ pero tambien pueden verse los que se propone desde la ACM (la asociación mas importante a nivel mundial para computación) https://www.acm.org/ algunas que son muy humanas y democraticas, como volver abierto y libre el acceso a la información y los datos.

² Bernd Marr, en su blog https://bernardmarr.com/the-top-5-technology-trends-for-2026/ trata este y otros aspectos relacionados.

³ Ya en algunos casos que han sido conocidos, se les da una validación como licenciado o técnico, lo cual genera una preocupación enorme y sin duda una responsabildiad que debe discutirse no solo en la comunidad académica sino tambien en los gremios.

⁴ Mas información en : https://www.enseignementsup-recherche.gouv.fr/fr/la-validation-des-acquis-dansl-enseignement-superieur-vae-et-vap-85-46404

⁵ En un estudio conjunto realizado por la Universidad de los Andes y la Universidad Nacional de Colombia, a partir de los datos publicados en https://commission.europa.eu/resources/statistics/searcheurostat-statistics_es se demuestra que los ingenieros y profesionales colombianos que emigran hacia Europa, mayoritariamente, ejercen, contrario a lo que pasa con ingenieros y profesionals colombianos que viajan hacia los Estados Unidos de América, los cuales no ejercen su profesión mayoritariamente de una manera dramatica (casi el 87%). Sin embargo, los tomadores de decisiones en las universidades en Colombia, han decidido asumir las tendencias y certificaciones de los Estados Unidos de América, que no ofrecen ningun tipo de garantia profesional o de continuidad de formación y que no corresponde con una empleabilidad profesional.