
Hay escritores que parecen meteoros. Luminosas y efímeras piedras que atraviesan un turbulento horizonte histórico. No inesperadas del todo, porque la literatura sin ellas no podría existir. Y porque, en verdad, ella siempre está como a la espera de estas apariciones prodigiosas. Garcilaso de la Vega es de esa índole. Semejante a Catulo, a Rimbaud, a Silva. Llegó a la literatura para oxigenarla, para estremecerla, para vitalizarla. Y su paso fue tan breve e intenso que pocos de sus contemporáneos lo notaron y solo el tiempo de la posteridad hubo de reconocerlo.
Garcilaso nació en Toledo, a inicios del siglo XVI, en una España devota y guerrera, heroica y cristiana hasta el marasmo. Apuró sus años de vida en los asuntos de la espada y de la pluma. Se casó con una noble correspondiente a su rango. Tuvo hijos, se enamoró como buen cortesano de alguien imposible de tener a su lado, y viajó por la Europa de las guerras aparatosas que hacía Carlos V, su emperador venerado. Durante la estadía en Bolonia y Nápoles, Garcilaso se consolidó como poeta y asimiló con una rapidez pasmosa toda la tradición de la Italia renacentista que habría de llevar a la lengua española para insuflarla, como nadie hasta entonces lo había hecho, de los paisajes bucólicos, de los endecasílabos sinuosos y perfectos y de las tristezas dejadas por un amor siempre escurridizo.
Garcilaso encarnó el solemne y trágico abrazo de las armas y las letras. Sin haber publicado nada de sus ocho coplas, ni de sus cuarenta sonetos, ni de sus cinco canciones, ni de sus tres églogas, murió en Niza, a los treinta y cinco años, después de que una piedra le golpeara la cabeza durante el sitio que su ejército hacía a una ciudadela francesa. Un comentarista de Garcilaso escribió que, indignado e inflamado de coraje, porque los pocos sitiados resistían a los miles de hombres que él dirigía, el guerrero de Toledo se lanzó al ataque sin casco y sin armadura y solo empuñando una espada y una rodela.
Muerte gloriosa para él y los suyos, ya que pereció defendiendo el honor de la España imperial. Muerte, empero, lamentable por su prontitud. Cuando se lee el recuento de un fenecimiento prematuro, en el fragor de un combate o en el silencio de un aposento secreto, imaginamos la escena y buscamos algo que permita el consuelo. Al conocer los detalles de la muerte de Garcilaso, he recordado las palabras de Erasmo sobre la muerte precoz de los privilegiados. En uno de sus adagios sobre el poder y la guerra hay una referencia a Alejandro, arzobispo de san Andrés, joven discípulo suyo y muerto en combate a la edad de veinte años.
Alejandro, dotado como el que más para las artes y el cultivo de la historia y la teología, de la poesía y las cuestiones de la jurisprudencia, soberbio por su inteligencia y magnánimo por su sensibilidad, cae por asuntos del honor familiar en las redes de la guerra. Erasmo, al condolerse de este fin, se pregunta: “¿Qué hacían tu hermosura, tu edad, tu natural tan dulce, tu preclaro ingenio, en medio del estruendo de las trompas del combate, de las bombardas, con la espada?”. Pero la pregunta esencial del f ilósofo de Rotterdam, y la que nos empuja de nuevo a la muerte de Garcilaso es: ¿qué tiene que ver el letrado con el campo de batalla?
Mucho porque, entonces, tal abrazo pasaba por afectos familiares y por la defensa de fortunas privadas y porque allí se involucraban de manera indisoluble la fe y el honor. Pero Garcilaso de la Vega me interesa ahora no por el valor del militar renacentista, sino por los aciertos asombrosos de su poesía. Separo de su obra la hojarasca bélica y los matorrales patrióticos para sumergirme en las aguas de su poesía en la que todo fluye con un tono y un ritmo únicos. Como dice Sainz de Robles es digno de agradecer que “en la poesía de Garcilaso jamás se adivina el caballero entregado al ejercicio de las armas”. Lo que aparece, más bien, es el poeta que llevó el soneto, el terceto, la canción y la oda a unas cimas nunca alcanzadas.
Cuando se lee a Garcilaso sentimos que la lengua castellana, esa de las primeras décadas del siglo XVI, cuando todavía no se habían presentado las cumbres de la poesía del Siglo de Oro, se asoma al mundo con el sencillo esplendor de un rocío. Esta obra también es una montaña, pero sus laderas son amables, apacibles y no posee nada de los riscos complejos de las que se levantarán después. Los versos de Garcilaso son cálidos en su nostalgia y desgarrados frente a la cercanía de la muerte. Los leemos y es como asistir a un milagro de la lengua. Yo, por ejemplo, no me cansaré de susurrar –porque más que leerlo entre mientes hay que guarecerse en el murmullo– el soneto V que canta al amor con una frescura y una nostalgia siempre renovada. Ese que inicia así: “Escrito ‘stá en mi alma vuestro gesto”, y cuyos dos últimos tercetos dicen: “Yo no nací sino para quereros; / mi alma os ha cortado a su medida; / por hábito del alma misma os quiero; / cuanto tengo confieso yo deberos; / por vos nací, por vos tengo la vida, / por vos he de morir, y por vos muero.”
La poesía de Garcilaso se hizo pública porque su amigo, Juan Boscán, la compiló y la publicó junto a la suya. Los textos de este no poseen la contundencia de los de aquel, pero a Boscán se debe que sigamos teniendo la de Garcilaso como un tesoro. Desde entonces esta breve obra es una de las más logradas de la poesía española. Acaso Quevedo y Góngora la sobrepasen en densidad y en factura laboriosa. Tal vez el amor místico sea más desgarrado en los versos de Juan de la Cruz y Teresa de Ávila. Pero dudo que estas cúspides del amor divino se hubieran dado si este joven guerrero, enamoradizo y melancólico, que pasó por la vida como una estrella fugaz, no hubiera aparecido. Ahora bien, tal impronta, por supuesto, no solo pertenece al ámbito de la poesía del renacimiento y el barroco español, sino a las maneras de los poetas que vinieron más tarde. Algo de lo suyo fluye en Machado y en Lorca, en Valente y Gamoneda. Garcilaso, en este sentido, es un manantial, fresco y delicioso, de la poesía escrita en España. El epitafio de Kleist, ese otro poeta que partió al más allá con premura, podemos decírselo a Garcilaso, y así consolarlo en su temprana muerte: “Oh inmortalidad, eres toda mía”.
El Retiro, julio de 2025.




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