
Desde finales del siglo XIX el petróleo se convirtió en el mayor símbolo del floreciente capitalismo industrial y Estados Unidos es el principal explotador de este recurso energético, y desde entonces hasta el primer cuarto del siglo XXI, las compañías petroleras se han vuelto las corporaciones que manejan el mundo. Una película f ilmada en 2007, titulada como este artículo, “petróleo sangriento” (There Will be blood en inglés), muestra con claridad cómo el denominado “oro negro” pasó a ser motivo de violencias entre quienes aspiraban en 1902 en California, USA, a ser los principales poseedores de pozos y refinerías que surtieran de gasolina a la naciente industria, sobre todo automotriz.
En 1974, el Teatro Popular de Bogotá, TPB, puso en escena la obra titulada “I Took Panamá” (Yo me tomé a Panamá en castellano), en la cual el grupo bogotano escenificaba con ironía el sentido imperialista que tenía la frase pronunciada por Teodoro Roosevelt, presidente de Estados Unidos entre 1901 y 1909, a propósito del raponazo del istmo centroamericano, que significó la perdida de Panamá y la cesión de derechos sobre el canal interoceánico que entonces se construyó. A Colombia por este robo quedaron US$25 millones que permitieron que los gobiernos conservadores de entonces hablaran de prosperidad al debe y de la estrella polar como guía del desarrollo nacional, tras la derrota del liberalismo en la guerra de los mil días.
Iniciando 2026, el presidente golpista, evasor fiscal, acusado de pederastia y multi millonario Donald Trump, invade Venezuela para secuestrar a Nicolás Maduro, cuestionado presidente de este hermano país, que, entre otras riquezas, tiene las mayores reservas de petróleo del mundo y, siguiendo la Doctrina Monroe de América para los gringos ricos, condiciona la continuidad de un gobierno en la república Bolivariana de Venezuela, a que éste ponga a funcionar la maquinaria petrolera en función de los intereses de las grandes corporaciones como EXXON o CHEVRON. De paso, el pendenciero presidente Trump, amenaza al gobierno colombiano, y en particular al presidente Gustavo Petro, con invadir también Colombia, si no deja de favorecer a los carteles del narcotráfico, entre ellos a un inexistente Cartel de los Soles venezolano.
Estas tres referencias históricas, sirven de apoyo para sustentar una hipótesis que ya se ha vuelto un lugar común: el petróleo se está agotando, las corporaciones petroleras norteamericanas quieren hacerse entonces a las reservas disponibles, eso sí manteniendo como ahorro las reservas que haya en el subsuelo de USA, y si para ello tienen que apelar a la fuerza militar de la que disponen, pues lo harán, así esto signifique la muerte de todo el andamiaje de relaciones mundiales erigido desde el final de la segunda guerra mundial en 1945. El petróleo se está acabando, tras ser principal causante de la crisis climática contemporánea, sin que haya todavía sustitutos efectivos como fuente masiva de energía, y Estados Unidos sigue fundamentado su desarrollo industrial en la economía fósil o carbonizada y recursos minerales de difícil explotación que no están disponibles en su propio territorio.
El imperio de USA se derrumba, reflejado en hechos como la cada vez mayor devaluación del dólar en los mercados mundiales, pero Trump se obstina en sostener un postulado: “Make América Great Again” (En castellano “Hagamos a América grande otra vez”), para lo cual no encuentra sino la fórmula tantas veces ensayada por el Tío Sam: llevar el mundo a la guerra o a exacerbar las violencias e impedir que se consolide una paz mundial que facilite un intercambio comercial y de conocimiento conducente a materializar el vasto catálogo de derechos humanos fundamentales, individuales y colectivos, inscritos en la carta de la ONU, y a sortear con éxito la crisis climática mundial.
El efecto boomerang de la amenaza Trump ya se empieza a sentir en muchas partes del mundo, y, al menos en Colombia, con la conversación telefónica Petro – Trump que derivó en la confirmación de una cita en Washington el próximo 3 de febrero, se abre un camino de dialogo diplomático que pueda definir un acuerdo de lucha contra el narcotráfico, incluyendo en este al ELN y a las disidencias de las FARC que actúan lideradas por “Mordisco” y de sustitución de economías ilícitas por economías legales, dos propuestas que hacen parte de la estrategia de paz total aplicada por el gobierno de Gustavo Petro desde su posesión en agosto de 2022.
Así mismo, de llevarse a cabo esta reunión, podría avizorarse un acuerdo para dejar de lado progresivamente las economías fósiles por economías descarbonizadas, implantando un sistema que cubra todo el continente americano de energías limpias. En el centro de la charla por supuesto estará, la cuestión venezolana, en el entendido que la paz en Venezuela, incluyendo su transición a una democracia real, está directamente relacionada con la paz en Colombia. En regiones de frontera, como Catatumbo, es clave desmontar los grupos delincuenciales y de rebeldes que todavía operan con bastante libertad, así como es relevante atender eventuales oleadas de inmigración que lleguen a Colombia, sobre todo por Cúcuta, Arauca y La Guajira, buscando oportunidades de vida.
Colombia no es hoy país eminentemente petrolero pero si es un país que todavía no vive en una paz con justicia social y ambiental, propósitos centrales de la estrategia de paz total, de manera que todo acuerdo conducente a aminorar o minimizar las presiones y amenazas externas, y facilitar la estabilización de una economía que conlleve la disminución de la desigualdad, inequidad, exclusión y desconocimiento de derechos, y por ende la pobreza en sus dos formas monetaria y estructural, será un catalizador de violencias y propulsor de una democracia real.




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